Enero del 2007

Leonor, la princesa hada. Cuento infantil

Por laura boyer - 27 de Enero, 2007, 6:32, Categoría: General

La flora del parque era una composición botánica inusual, que reunía especies nativas de Europa, de América del Norte, Asia y nueva Zelanda. Así, podían admirarse allí sequoias, magnolias, camelias, cedros rojos, palmeras por cuyos anchos trocos trepaban orquídeas de incomparable belleza.

Ese esplendoroso arbolado enmarcaba pequeños pabellones y elementos arquitectónicos. Paseando por el enorme jardín, recorriendo sus recovecos y escondites, cruzando sus diminutos puentes, buscando la salida por sus interminables laberintos, Leonor perdía la  noción del tiempo y del espacio.

Su ruta preferida era la que pasaba por la Fuente de la Abundancia y llevaba al Templo de las Columnas. O la que atravesaba el Valle de los Lagos, llegaba a la Gruta de la Virgen y terminaba el la Terraza de los Dos Mundos. Eran  caminos llenos de magia y misterio que conducían a lugares edénicos.

Sólo existía un circuito, en todo el recinto palaciego, por el que a Leonor aún no le estaba permitido pasar: el que llevaba a la Fuente de los Pajaritos. Había sido diseñado por su padre para su esposa y sólo la reina y algunos escogidos jardineros tenía derecho a recorrerlo.

La reina, su madre, paseaba a menudo por el y regresaba más alegre y distendida, como aligerada de un peso.

Ella participaba mucho de la educación de su hija y le contaba historias del país sobre el que un día reinaría y sobre la corte. Sin embargo hablaba muy poco de su propia vida. En una ocasión que Leonor y su madre estaban solas, la reina hada ordeno a la tetera que sirviera el té. ¡Y está obedeció! Madre e hija se echaron a reír, y Leonor le suplicó que le enseñara todos los trucos de magia.

La reina le enseño a mover canicas con la mirada y ha hacer tintinear las lágrimas de cristal de las lámparás. Dijo que poco a poco le enseñaría más, y que ella misma, Leonor, sería capaz de ir descubriendo su propia magia con los años. Pero que primero tenía que estudiar como los demás niños y aprender además a comportarse como una princesa.

Permalink ~ Comentarios (1) ~ Comentar | Referencias (0)

Templanza

Por laura boyer - 21 de Enero, 2007, 3:15, Categoría: General

La Templanza es casi el arte más dificil en Madrid, e igualmente en cualquier capital de Europa.

La gente vive con estrés. Hablando dos o tres idiomas, y oyendo diez.

La hiperactividad y el consumismo es una costumbre aquí; Dificil de erradicar.

La heredan nuestros hijos, y los inmigrantes proahijados.

Si no se consume mucho en tu casa, se consume en la de tu padre, o la de tu hijo. Unos consumen solomillo y percebes, y otros decoración o coches. Otros vacaciones caras,

 y otros ropa para ellos o su familia.

No consumir en la España de hoy equivale a ser pobre.

Nadie entiende que inviertas o ahorres.

Tampoco que gastes en libros o servicios.

El gasto ha de ser patente, explicito, fotografiado o contado. 

Conocido por tus vecinos, conocidos, y conciudadanos en general, esas personas que aún no conoces pero vas a conocer, para la que vistes a tus hijos y a tí misma, y decoras tu casa. Esas son las más importantes, las que todavía no conoces, deseas, piensas, o simplemente esperas conocer.

Todo ese  glamour, ensalzado por tí. Has de asegurales que lo haces por ellos, porque aprecias su forma burguesa de vida.

En Madrid, la gente dice, vente a Londrés, a Nueva York, o a Acapulco. Más facilmente que quedan a tomar un café. ¿¡claro, quién quiere tomar un cafe para hablar de tonterías en una cuidad tan intrascende y polucionada, con un aire irrespirable!?

Entonces te preguntas, ¿para que poner mona mi casa o vestir bien a mis hijos, si lo único que hago es salir fuera a comer o irme de viaje?

Obviamente no nestoy hablando ni de mi caso ni del de todo el mundo, pero si del de mucha gente que conozco , aquí, y allí. (Peor las capitales de provincias, aunque con mejos aire que respirar. ¡))Aún más tontería!)

Puede parecerb pijo, pero es muy típico del centro de las capitales. En las afueras la vida es distinta, pero no la puedo describir porque sigo aquí, en el centro de Madrid dónde nací, y del que me encantaría irme, tanto como odiaría dejarlo.

Permalink ~ Comentarios (14) ~ Comentar | Referencias (0)

Igualarse a los demás

Por laura boyer - 19 de Enero, 2007, 6:00, Categoría: General

El adiestramiento de la mente en igualarse y cambiarse uno mismo por los demás se practica sobre la base de que todos deseamos la felicidad y no el sufrimiento. para ello hay que sobre todo desarrollar una actitud paciente y generosa.

Para ello hay que aplicar el esfuerzo sin caer en los extremos. Para lograr este equilibrio mental, es necesario aislar la mente. Es la ventaja de los lugares solitarios y la desventaja de los deseos.

Permalink ~ Comentarios (1) ~ Comentar | Referencias (0)

Cuentos de hombres y mujeres

Por laura boyer - 19 de Enero, 2007, 5:55, Categoría: General

CUENTOS DE HOMBRES Y MUJERES

En definitiva, no podemos entender el amor sin un componente agresivo, es decir, sin la agresión en el sentido de avanzar decididamente hacia el otro, de apoderarse del otro, de perseverar en la relación y marcar unos límites. La paloma también es un intermediario entre el cielo y la tierra. En nuestro cuenta, la paloma insinúa un enfoque nuevo en la relación entre los dos protagonistas y nos introduce en la dimensión espiritual del amor. Pero antes habrá que pasar por un calvario.

Cuando desaparece la simbiosis y se produce la separación, empieza el duelo y el sufrimiento, y se tiene la sensación de haber perdido una fuente de pasión irrecuperable. Lo que queda es tan sólo la nostalgia del deseo, el anhelo que lleva a buscar otra vez lo que se ha perdido.

Por un lado, el rojo de lo terrenal, corporal e instintivo y, por otro lado, el blanco de lo espiritual, místico y nostálgico.

Pero, en mi opinión, con la caída de las gotas de sangre y las plumas se está expresando ante todo el enorme dolor que hay en la separación. El hombre mantiene la relación manifestando su sufrimiento, dando a su mujer las señales necesarias para que sepa dónde está y cuánto padece. Ella recibe estas   señales, capta el dolor de su marido y va tras él.

Una forma de hacer soportables este tipo de separaciones y distanciamientos en situaciones conyugales reales consiste en indicarse mutuamente, de la mejor manera posible, que se está sufriendo y dónde se está sufriendo. Pero para hacerlo se necesita un cónyuge que emprenda también este viaje con la misma serenidad que demuestra la joven del cuento y, así, poder estar ahí cuando tenga lugar la transformación y desaparezca el encantamiento, pero también si el desencantamiento n se produce.

  Una pareja de treintañeros se somete a terapia. Se quieren separar, pero de algún modo se niegan a creer que su matrimonio no pueda continuar. Según explican ellos, antes habían sido "un único cuerpo y una sola alma", habían "gozado de una sexualidad totalmente plena" y se habían sentido "muy próximos disfrutando la vida juntos ". Sin embargo, ahora ya no se lo pasan bien y su vida sexual " se ha convertido en una especia de gimnasia". Se han distanciado y cada uno vive por su lado. Cuentan que siente deseos de lanzarse a otras personas y que, por ello, es mejor separarse. Tienen la sensación de que el uno desea del otro algo que no puede darle.

  "Pero ¿qué puede ser ese algo?", se preguntan. ¿El sentimiento que habían compartido cuando disfrutaban de aquella complicidad sexual?. ¿O quizá es algo más, la sensación de que la experimentación no sólo se reduce a la sexualidad, sino a todo lo que implica una relación?. De algún modo, ven que hay una dimensión más, pero creen que son incapaces de adentrarse en ella.

  Les digo que existe una esperanza real de adentrase en esta nueva dimensión.

  En este caso, como sucede en el cuento, él es claramente el más hechizado. Salta a la vista que a él le cuesta más enfrentarse con la responsabilidad y la realidad, le gustaría dar el golpe de su vida, no encuentra en absoluto atractivas las pequeñas c osas cotidianas y tiene muchos intereses intelectuales, pero carece de la posibilidad de interesarse por algo duradero. Mientras, la mujer impide que se produzca esta posibilidad, especialmente después de que su marido ya no vive la sexualidad con la pasión y la originalidad de antes. Ella también obliga al hombre a sentirse como un "pájaro", ya que, en vez de provocar sus cualidades intelectuales o lo más mínimo en él, únicamente se limita a ver sus formas neuróticas y le reprocha lo inmaduro que es.

  La joven del cuento aventaja a esta esposa porque sabe lo que hay que hacer: liberar al marido e, insisto, liberarse también a si misma un poquito.

  Si puedo transmitir a este matrimonio que el objetivo es que cada uno pueda desatar una nueva posibilidad de vida en el otro, que la crisis es útil porque están entrando en una nueva dimensión de sus vidas y que, a pesar de todo, se pueden ayudar mutuamente, entonces estarán preparados para dejar de ver los "fallos del otro" y su forma de vida actual como perjudicial, y la considerarán un punto de partida de un viaje a la transformación. Así, el distanciamiento se convierte en un verdadero vínculo.

El viaje que emprenden a la par los dos protagonistas del cuento también es, en mi opinión, un camino hacia la verdadera unión, porque ahora, por primera vez, avanzan juntos como compañeros de infortunios.

Pero la liberación no se produce inmediatamente. Un buen día, de pronto, la paloma desaparece antes de liberarse y ,por el desarrollo del cuento, sabemos que desaparece porque ha llegado precisamente el momento de la liberación.

Esta separación es mucho más radical que la anterior y sabemos que ahora cada uno se enfrentará a su manera con el problema. La joven sabe (todavía muy segura de sí misma) que los humanos ya no la pueden ayudar en esta situación, así que se va a pedir consejo al Sol, a la Luna y a los vientos, es decir, a las instancias superiores, a las fuerzas cósmicas. Por tanto, ahora cada cónyuge deberá evolucionar de manera autónoma. Ella seguirá pensando en la liberación de su marido y él deberá tenérselas con un dragón. El Sol regala a la mujer una cajita que guarda un vestido tan brillante como el mismo Sol, y que se corresponde con la energía que ella misma posee.

Estos tres niveles, que simbolizan un conjunto de aspectos esenciales de la experiencia y la vida humanas proyectadas en el cosmos, expresan el inmenso trayecto que deberá recorrer la mujer para conocer el paradero actual de su marido. La liberación se producirá gracias al vinculo constante con el hombre, incluso habiendo perdido ya hace tiempo toda esperanza, y gracias a una perseverancia sin rumbo concreto, pero directamente encaminada a encontrar y liberar finalmente al marido. Es la expresión de un amor profundamente humano que ya no se explica por la satisfacción inmediata del deseo, sino por la experimentación del misterio compartido.

En este cuento, la joven es sumamente valiente. Hace lo que hay que hacer sin vacilar un segundo y desafía al peligro porque se ha  fijado el firme objetivo de encontrar a su marido.

Estamos aquí ante el tema de la novia errónea y este episodio nos muestra claramente que el hechizo del marido todavía no se ha eliminado completamente. Sólo cuando reconozca  a su esposa podrá el hombre decir que está definitivamente liberado y que todo ha sido un hechizo. Pero ahora es humano , ni ave ni león, y ha caído en manos de una mujer que lo domina y le roba su autonomía. El hombre vive desorientado, preso de una fascinación que no le permite llevar su propia vida.

  Lleno de esperanza, el matrimonio mencionado antes emprendió la búsqueda de una nueva dimensión compartida sabiendo que cada uno debía trabajar su propia esfera.  La mujer se dedicó a poner en cuestión la figura de su padre y la concepción inequívoca  que ella tenía de lo que debía ser la vida y la convivencia conyugal, mientras que al hombre le correspondió elaborar su complejo materno y su miedo a la continuidad y el compromiso.

  Tras un período prolongado, no exento de numerosas recaídas, el marido se dio cuenta de la realidad, pudo trabajar y se propuso acabar todo lo que había proyectado. Entonces empezaron a irle bien las cosas y se olvidó de su mujer. Había entrado en una nueva dimensión de su vida, se sentía más masculino y competente, pero ya no mostraba el más mínimo interés por la relación. De hecho, nunca había valorado la vida conyugal como un vínculo entre dos personas, sino como un consuelo en su incapacidad para conducir su propia vida, y como ahora se veía totalmente apto, creía que ya no la necesitaba. Pero la mujer luchó por la relación y acabó consiguiéndola.

La mujer del cuento también lucha por la relación y emplea para ello todos los medios a su alcance, todos los presentes que ha recibido durante su peregrinación, todo lo que ha aprendido, e incluso cuando ya casi no le quedan ganas, insiste. Mientras el viento sople, seguirá su búsqueda. La mujer da muestras de una unión casi sobrehumana con su marido y de una perseverancia enorme que acaba dando sus frutos. El marido se acuerda de ella, ella le cuenta su historia, que es la historia de ambos, y le transmite su sentimiento de tristeza. A través de la aflicción de la mujer, el hombre se enfrenta con sus propios sentimientos y deja a la otra princesa.  Entonces el pájaro grifo (una mezcla de ave y león, precisamente) los lleva de camino a casa y en medio del mar descansan sobre el nogal que ha brotado de la nuez. El árbol simboliza el camino que la pareja emprende hacia la individuación, es decir, el camino que los saca del hechizo.

Y el hijo, a pesar de que es fruto de la fase de encantamiento, se ha convertido en un chico fuerte y hermoso.  Éste es un detalle que me parece importante. He aquí un motivo para no desdeñar los momentos de fascinación de una persona y verlos como fases de plenitud que, llegado el momento, habrá que reemplazar por aquello que la situación exija.       

Permalink ~ Comentarios (1) ~ Comentar | Referencias (0)

Laotsé

Por laura boyer - 19 de Enero, 2007, 5:39, Categoría: General

Jamás ha habido un sermón más efectivo y más efectivamente pronunciado, sobre la fuerza de la debilidad, la ventaja de estarse quieto, que el de Laotsé. Porque el agua ha de ser siempre para horadar la roca, y el agua que tiene la gran sabiduría taoísta de buscar el nivel más bajo:

¿Cómo obtuvueron su reino sobre el centenar de corrientes menores los grandes ríos y los mares?

Por el mérito de estar más bajos que eloos; así es como obtuvieron, su reino

Un símbolo igualmenta comun es el del valle, que representa el hueco, la entraña y la madre de las cosas...

Permalink ~ Comentarios (1) ~ Comentar | Referencias (0)

Lin yutang

Por laura boyer - 19 de Enero, 2007, 5:21, Categoría: General

Quien quiera que ae le dé

Debe ser alzado primero.

Debe empezar por dar.

Esto se llama suavizar la luz propia.

Así es como lo suave vence a lo duro

Y lo debil a lo fuerte.

"Mejor es dejar los peces en su estanque;

Mejor es dejar las más aguzadas armas del estado donde nadie pueda verlas."

Permalink ~ Comentar | Referencias (0)

Lin Yutang

Por laura boyer - 19 de Enero, 2007, 5:14, Categoría: General

Lo que al fin debe encoger,

Debe ser estirado primero.

Todo lo que se ha de debilitar.

Debe empezar siendo fuerte.

Y para derribar algo,

Es necesario alzarlo primero.

Permalink ~ Comentar | Referencias (0)

Lin yutang

Por laura boyer - 19 de Enero, 2007, 5:06, Categoría: General

Quien mejor usa a los hombres procede como si fuera inferior.

Esto se llama el poder que proviene de no contender.

Se llama la capacidad para usar a los hombres.

El secreto de estar hermanado al cielo, a lo que otrora fue.

Permalink ~ Comentar | Referencias (0)

Libros 1 del 007

Por laura boyer - 16 de Enero, 2007, 5:53, Categoría: General

Una Vida, Maupassant

La Medición del Mundo, Kehlmann

La Importancia de Vivir, Yutang.

Permalink ~ Comentar | Referencias (0)

Flaubert

Por laura boyer - 16 de Enero, 2007, 5:34, Categoría: General

 

DEL AMOR

 

 

El amor placer: el que reinaba en París hacia 1760 y se halla en las memorias y novelas de esta época, en Crébillon, Lanzun, Duclos, Marmontel, Chamfort, madame d’Epinay, etcétera, etcétera.

 

En este cuadro, todo, hasta las sombras, debe ser color de rosa, no debe entrar en él, con ningún pretexto, nada desa­gradable so pena de carecer de mundo, de buen tono, de deli­cadeza, etc. Un hombre de alta estirpe conoce de antemano todos los procedimientos que debe emplear y hallar en las di­versas fases de este amor; no habiendo nada en él de pasión y de espontaneidad hay a veces más delicadeza que en el amor verdadero, porque en él interviene siempre mucho la inteligencia; es una fría y preciosa miniatura comparada con un cuadro de los Carracci, y mientras que el amor pasión nos arrastra por encima de todos nuestros intereses, el amor placer  sabe siempre conformarse a ellos. Verdad es que, si a ese pobre amor se le quita la vanidad, queda muy poca cosa; una vez privado de vanidad, es un convaleciente debilitado que puede apenas arrastrarse.

 

Los salones, si muchas veces las intrigas de las gentes del gran mundo las hacen desgraciadas, en cambio conocen placeres siempre inaccesibles para los corazones que sólo palpitan por la vanidad y por el dinero.

 

Algunas mujeres virtuosas y tiernas no tienen apenas idea del placer físico; rara vez se encuentran, por decirlo así, ex­puestas a él, y aun cuando llega el caso, los deliquios del amor pasión hacen casi olvidar los placeres del cuerpo.

 

A los hombres por su propia alma; estas gentes, repito, no pueden sentir el placer físico sino en la medida que va acom­pañado del mayor goce de orgullo posible, es decir, en la me­dida en que ejecutan crueldades sobre la compañera de sus placeres. De ahí los horrores de Justina.. Sólo así encuentran estos hombres el sentimiento de la seguridad.

 

 

CAPÍTULO 2. Del nacimiento del amor ­

 

He aquí lo que pasa en el alma:

 

1º. La admiración.

2º. El admirador se dice: ¡Qué placer darle y recibir besos,  etcétera!

3º. La esperanza.

 

Se estudian las perfecciones; éste es el momento, para el mayor placer físico posible, en que una mujer debiera entre­garse. Hasta en las mujeres más reservadas los ojos se ani­man en el momento de la esperanza; la pasión es tan fuerte, el placer es tan vivo, que se manifiesta en señales visibles.

 

4º. Ha nacido el amor.

 

Amar es sentir placer en ver, tocar, sentir con todos los sen­tidos y lo más cerca posible un objeto amado y que nos ama.

 

5º.- Comienza la primera cristalización.

Nos complacemos en adornar con mil perfecciones a una mujer de cuyo amor estamos seguros; nos detallamos toda nuestra felicidad con infinita complacencia. Esto se reduce a exagerar una propiedad soberbia que acaba de caernos del cielo, que no conocemos y de cuya posesión estamos seguros.

 

Si se deja a la cabeza de un amante trabajar durante veinticuatro horas, resultará lo siguiente:

 

En las minas de sal de Salzburgo, se arroja a las profundi­dades abandonadas de la mina una rama de árbol despojada de sus hojas por el invierno; si se saca al cabo de dos o tres meses, está cubierta de cristales brillantes; las ramillas más diminutas, no más gruesas que la pata de un pajarillo, apare­cen guarnecidas de infinitos diamantes, trémulos y deslum­bradores; imposible reconocer la rama primitiva.

 

     Lo que yo llamo cristalización es la operación del espíritu que en todo suceso y en toda circunstancia descubre nuevas perfecciones del objeto amado.

 

Un viajero habla de los bosques de naranjos de Génova, a orillas del mar, en los días abrasadores del estío; ¡qué dicha gustar este frescor con ella!.

 

Un amigo nuestro se rompe un brazo en una cacería; ¡qué delicia recibir los cuidados de una mujer amada! Estar siem­pre con ella, viendo incesantemente las manifestaciones de su amor, nos haría casi olvidar el sufrimiento; y así partimos del brazo roto de nuestro amigo, para ya no dudar de la angélica bondad de nuestra amada. En una palabra, basta pensar en una perfección para atribuírsela a la mujer amada.

 

Este fenómeno que yo me permito llamar cristalización viene de la naturaleza que nos ordena el placer y nos envía la sangre al cerebro, del sentimiento de que los placeres aumen­tan con las perfecciones del ser amado y de la idea de que éste me pertenece. El salvaje no tiene tiempo de ir más allá del pri­mer paso. Siente el placer, pero la actividad del cerebro se em­plea en seguir al ciervo que huye por el bosque y con cuya car­ne tendrá que reparar sus fuerzas en seguida, so pena de caer bajo el hacha del enemigo.

 

En el otro extremo de la civilización, no dudo que una mu­jer sensible llegara al punto de no hallar el placer físico sino con el hombre a quien ama. Es lo contrario del salvaje.

 

Que se ve obligado a tratar a su hembra como a una bes­tia de carga. Si las hembras de muchos animales son más afortunadas, es porque la subsistencia de los machos está más segura.

 

    Pero dejemos las selvas para volver a París. Un hombre apa­sionado ve en la mujer amada todas las perfecciones; sin em­bargo, la atención puede estar distraída aún, pues el alma se cansa de todo lo uniforme, incluso de la felicidad perfecta.

 

He aquí lo que viene a fijar la atención:

 

 6.° Nace la duda. Después de que diez o doce miradas (o cualquier otra        se­rie de actos que lo mismo pueden durar un momento que varios días) han sugerido primero y después confirmado las esperanzas, el amante, vuelto de su primer asombro y ya acostumbrado a su felicidad, o guiado por la teoría que, siempre basada en los casos más frecuentes, sólo debe ocu­parse de las mujeres fáciles; después, digo, de estos prelimi­nares, el amante pide seguridades más positivas y quiere progresar en su felicidad.

 

 Se le opone la indiferencia, la frialdad o hasta la ira, si se muestra demasiado seguro; en Francia, un matiz de ironía que parece decir: “Se cree más adelantado de lo que está”.

 

Una mujer se conduce así, ya porque despierte de un momen­to de embriaguez y obedezca al pudor, ya simplemente por prudencia y por  coquetería.

 

El amante llega a dudar de la felicidad que se prometía, y se torna severo sobre los motivos de esperanza que había creído ver.

 

  Intenta desquitarse con los otros placeres de la vida, y los encuentra  nulos. Le sobrecoge el temor de una horrible des­gracia, y se concentra en una profunda atención.

 

7º. Segunda cristalización.

 

Entonces comienza la segunda cristalización, y los dia­mantes que ésta produce son confirmaciones de esta idea:

 

 Me ama.

 

La noche siguiente al nacimiento de las dudas, y después de un momento  de sufrimiento atroz, el amante se dice cada cuarto de hora: «Sí, me ama». Y la cristalización se orienta a descubrir nuevos encantos. Después, se apoderan de él la duda y el mirar extraviado y le hacen detenerse sobresaltado. El pecho se olvida de respirar, y el enamorado se dice: «Pero ¿me ama?». En medio de estas alternativas desgarradoras y deliciosas, el pobre amante siente vivamente: Me dará deleites que sólo ella en el mundo puede darme.

 

Precisamente la evidencia de esta verdad, este caminar al borde mismo de un horrendo precipicio mientras se toca con la mano la ventura perfecta, es lo que da tanta superioridad a la segunda cristalización sobre la primera.

 

 El amante deambula sin cesar entre estas tres ideas:

 

 1 ° Mi amada tiene todas las perfecciones.

 

2.° Me ama.

 

3.° ¿Qué hacer para conseguir de ella la mayor prueba de amor posible?

 

El momento más desgarrador del amor joven aún es aquel en que éste se da cuenta de que ha hecho un razonamiento falso y hay que destruir toda una cara de la cristalización.

 

Se empieza a dudar de la cristalización misma.

 

Basta un grado muy pequeño de esperanza para provocar el   nacimiento del amor.

 

Aunque, al cabo de dos o tres días, pueda fallar la esperan­za, no por eso el amor ha dejado de nacer.

 

Con un carácter decidido, temerario, impetuoso, y una imaginación desarrollada por las desdichas de la vida:

 

El grado de esperanza puede ser más pequeño.

 

Puede cesar más pronto, sin matar el amor.

 

Si el amante ha sufrido desventuras, si tiene un carácter sensible y meditativo, si está desengañado de las demás muje­res, si siente una viva admiración por esta de que ahora se tra­ta, ningún placer corriente podrá apartarle de la segunda cristalización. Preferirá soñar en la más incierta posibilidad de agradar algún día a la que ama, antes de recibir de una mu­jer vulgar todo lo que ésta puede conceder.

 

Sería necesario que en esta época -y no más tarde, anótese bien- la mujer a quien ama matara la esperanza de una ma­nera atroz y le colmara de esos desprecios públicos que ya no, permiten volver a ver a las personas.

 

El nacimiento del amor admite plazos mucho más largos entre todas estas épocas.

 

En las personas frías, flemáticas, prudentes, el nacimiento del amor requiere mucha más esperanza, y una esperanza mucho más sostenida. Lo mismo ocurre con las personas ya de cierta edad.

 

Lo que asegura la duración del amor es la segunda cristali­zación, durante la cual se ve a cada instante que se trata de ser amado o de morir. ¿Cómo, después de esta convicción de todos los minutos, convertida ya en hábito por varios meses de amor, poder siquiera concebir el pensamiento de dejar de amar?. Cuanto más fuerte es un carácter, menos propenso a la inconstancia.

 

En los amores inspirados por las mujeres que se rinden demasiado pronto, esta segunda cristalización falta casi por completo.

 

Una vez operadas las cristalizaciones, sobre todo la segunda, que es con mucho la más fuerte, los ojos indiferentes no reconocen ya la rama del árbol.

 

Porque,

 

1º. Está recamada de perfecciones o diamantes que los ojos indiferentes no ven;

 

2º. Esas perfecciones que la adornan no son para ellos. La perfección de ciertos encantos de que le habla un antiguo amigo de su amada, así como cierto matiz de vivacidad percibido en sus ojos son un diamante de la cristalización de Del Rosso. Estas ideas surgidas en una velada le hacen soñar toda la noche.

 

Una réplica imprevista que me hace ver más claramente un alma tierna, generosa, ardiente, o, como dice el vulgo, romántica, y que tasa más alto que la dicha de los reyes el pasearse sola con su amante por un bosque apartado me hace soñar también toda la noche.

 

Él dirá que mi amada es una mojigata; yo diré que la suya es una moza de partido.

 

En un alma perfectamente indiferente, una joven habitante de un castillo aislado en lo más remoto del campo, la más peque­ña sorpresa puede determinar una ligera admiración, y si lue­go sobreviene la más leve esperanza, da lugar al amor y a la cristalización.

 

En este caso, el amor empieza por resultar agradable como entretenimiento.

 

La admiración y la esperanza son poderosamente secun­dadas por la necesidad de amor y la melancolía que se siente a los dieciséis años. Es bastante sabido que la inquietud de esta edad se debe a una sed de amar y es propio de la sed no ser demasiado exigente sobre la naturaleza del brebaje que el azar nos presenta.

 

Recapitulemos las siete épocas del amor, que son:

 

1º. La admiración.

2º. ¡Qué delicia!, etc.

3º. La esperanza.

4º. Ha nacido el amor.

5º. Primera cristalización.

6º. Surge la duda.

7º. Segunda cristalización.

 

Entre el número 1 y el 2 puede transcurrir un año.

 

Un mes entre el número 2 y el 3; si la esperanza no se apre­sura a presentarse, se renuncia insensiblemente al número 2, como origen de sufrimiento.

 

Entre el número 3 y el 4, sólo un abrir y cerrar de ojos.

 

Ningún intervalo entre el 4 y el 5. Sólo la intimidad podría separarlos.

 

 Entre los números 5 y 6 pueden transcurrir algunos días, según el grado de impetuosidad y las costumbres de audacia del carácter;  entre el 6 y el 7 no hay intervalo.

 

No depende de la voluntad del hombre dejar de hacer lo que le produce más deleite que todos los demás actos posibles. El amor es como la fiebre: nace y se extingue sin que la vo­luntad intervenga en absoluto. He aquí una de las principales  diferencias entre el amor placer y el amor pasión, y nadie pue­de alabarse de las bellas cualidades del ser amado, que son como un dichoso azar.

 

En fin, el amor es de todas las edades: véase la pasión de madame Du Deffand por el poco atractivo Horacio Walpole. Acaso todavía se recuerda en París un ejemplo más reciente y, sobre todo, más simpático.

 

Como prueba de las grandes pasiones sólo admito aquellas de sus consecuencias que son ridículas. Por ejemplo, la timi­dez, prueba del amor; no hablo de la mala vergüenza que se siente al salir del colegio.

 

CAPÍTULO 6. La rama de Salzburgo

 

En el amor, la cristalización no cesa nunca. He aquí su historia: mientras no hayamos llegado a entendernos con el ser amado, existe la cristalización de solución imaginaria: solo en nuestra imaginación estamos seguros de que existe tal perfección en la mujer que amamos. Lograda la intimidad, los temores, que renacen continuamente, se calman con soluciones más reales. Resulta, pues, que la felicidad solo en su origen es uniforme. Cada día tiene una flor diferente.

 

Si la mujer amada cede a la pasión que siente, y cae en la enorme falta de matar el temor con la vivacidad del deleite amoroso, la cristalización cesa en un instante, mas cuando  el amor pierde algo de su vivacidad, es decir, algo de sus te­mores, adquiere el encanto de un completo abandono, de una confianza sin límites; un dulce hábito viene a embotar todas las penas de la vida y a dar a los goces otra clase de interés.

 

Si el amante es abandonado, la cristalización vuelve a em­pezar, y cada acto de admiración, el examen de cada momen­to de felicidad que puede darle y en la que ya no piensa acaba en esta reflexión desgarradora: «¡Nunca más volveré a vivir esa felicidad encantadora, y la he perdido por mi culpa!». Si busca satisfacción en sensaciones de otro género, su corazón se niega a sentirlas. La imaginación le pinta bien la posición física, le monta en un caballo rápido, le lleva de caza a los bos­ques del Devonshire[1]; pero ve, siente con toda evidencia que no hallará en esto ningún placer. Y aquí está el error óp­tico que conduce al pistoletazo.

 

El juego tiene también su cristalización provocada por el empleo del dinero que el amante va a ganar.

 

Los juegos de la corte, tan añorados por los nobles bajo el nombre de legitimidad, estaban tan arraigados precisamente por la cristalización que provocaban. No había cortesano que no soñara en la rápida fortuna de un Luynes o de un Lauzun, ni- mujer atractiva que no viese en perspectiva el ducado de madame de Polignac. Ningún gobierno razonable puede vol­ver a dar esta cristalización. Nada tan contrario a la imagina­ción como el gobierno de los Estados Unidos de América. Hemos visto que sus vecinos los salvajes no conocen casi la cristalización. Los romanos no tenían apenas idea de ella y sólo la encontraban en el amor físico.

 

También el odio tiene su cristalización; en cuanto asoma una posibilidad de vengarse, se comienza de nuevo a odiar.

 

El hecho de que toda creencia en la que hay algo absurdo o no demostrado tienda siempre a poner a la cabeza del partido a las personas más absurdas, es también uno de los efectos de la cristalización. Hay cristalización hasta en las matemáticas (véanse los newtonianos en 1740), en las cabezas que no siempre pueden representarse todas las partes de la demos­tración de lo que creen.

 

Véase como prueba el destino de los grandes filósofos ale­manes cuya inmortalidad, tantas veces proclamada, no pue­de nunca rebasar los treinta o cuarenta años.

 

Y el hombre más mesurado es fanático en música precisa­mente porque no puede explicarse el porqué de sus senti­mientos.

 

No podemos probarnos a voluntad que tenemos razón  contra tal o cual contradictor.

 

 

CAPÍTULO 7. De las diferencias entre el nacimiento del amor en uno y en otro sexo

 

Las mujeres se apegan al hombre por los favores que le conce­den. Como las diecinueve vigésimas partes de sus sueños ha­bituales se refieren al amor, después de la intimidad estos sue­ños se agrupan en torno a un solo objeto; aplícanse a justifi­car un paso tan extraordinario, tan decisivo, tan contrario a todos los hábitos del pudor. Este trabajo no existe en el hom­bre. Luego, la imaginación de las mujeres se recrea en detallar tan deliciosos instantes.

 

Como el amor hace dudar de las cosas más demostradas, la mujer, que, antes de la intimidad, estaba tan segura de que su amante es un hombre por encima de lo vulgar, en cuanto cree que ya no le queda nada que negarle se echa a temblar de que haya buscado una mujer más que añadir a su lista.

 

Sólo entonces aparece la segunda cristalización, que, acompañada por el miedo, es con mucho la más fuerte.

 

Una mujer cree haberse convertido de reina en esclava. Este estado de alma y de espíritu es favorecido por la em­briaguez nerviosa que producen unos goces tanto más sen­sibles cuanto más raros. En fin, una mujer, con su bastidor de bordar, trabajo insípido y que sólo ocupa las manos, piensa en su amante, mientras que éste, galopando en la lla­nura con su escuadrón, es arrestado si ordena un falso mo­vimiento.

 

Yo me inclino a creer que la segunda cristalización es mu­cho más, fuerte en las mujeres porque el temor es más vivo: en ellas están comprometidos la vanidad, el honor, y en todo caso las distracciones son más difíciles.

 

Una mujer no puede guiarse por el hábito de ser razonable, ese hábito que yo, hombre, contraigo forzosamente en mi ofi­cina, trabajando seis horas diarias en cosas frías y razonables. Hasta fuera del amor, propenden a entregarse a la imagina­ción y generalmente exaltadas; por eso la desaparición de los defectos del ser amado tiene que ser en ella más rápida.

 

Las mujeres prefieren las emociones a la razón; la causa es muy sencilla: como, en virtud de nuestras estúpidas costum­bres, no desempeñan ninguna misión importante en la fami­lia, no tienen que emplear nunca la razón, y no encuentran ocasión de experimentar su utilidad.

 

Al contrario, siempre los resulta incómoda, pues sólo se les presenta para reprocharles el haber sentido placer ayer o para t ordenarles que no lo sientan mañana.

 

Encomiende un hombre a su mujer los negocios con los arrendatarios de dos de sus tierras, y apuesto que las cuentas irán mejor que con él, y entonces, triste déspota, tendrá al menos el derecho de quejarse, ya que no posee el talento de hacerse amar. En cuanto las mujeres se lanzan a razonamien­tos generales, practican el amor sin darse cuenta. En las cosas de detalle presumen de ser más severas y más exactas que los hombres. La mitad del pequeño comercio está en manos de mujeres, que lo desempeñan mejor que sus maridos.

 

Epicuro decía que a la pasión del placer le es necesario el discernimiento.

 

En operaciones tan engañosas para el anhelo de felicidad, la cabeza se extravía.

 

Desde el momento en que ama, el hombre más sensato m ve ya nada tal como es. Exagera en menos sus propias cualidades y en más los favores del objeto amado. Los temores y las esperanzas  adquieren al instante algo de romancesco (de ­way-ward). No atribuye nada al azar; pierde el sentido de la proba­bilidad; una cosa imaginada es una cosa existente por el efec­to sobre su felicidad.

 

Una terrible señal de que la cabeza se extravía es que é amante, al pensar en algún pequeño hecho difícil de observar lo ve blanco y lo interpreta a favor de su amor; al cabo de un instante, se da cuenta de que realmente es negro, y sigue pare­ciéndole una prueba a favor de su amor.

 

Entonces es cuando un alma presa de mortales incerti­dumbres siente vivamente la necesidad de un amigo, mas, para un amante, ya no hay amigos. Esto lo sabían en la corte Aquí está la causa de la única clase de indiscreción que una mujer delicada puede perdonar.

 

Obsérvese que las contrariedades favorecen el nacimiento del amor en los caracteres ligeros o insensibles, y que una vez nacido, si las adversidades son anteriores, lo favorecen en el sentido de que la imaginación, apartada de las demás circunstancias de la vida, que sólo ofrecen imágenes tristes, se consagra por entero a la cristalización.

 

Voy a hablar de un efecto que me será discutido, y que sólo presento a los hombres que han tenido la desgracia de amar con pasión durante largos años, y con un amor contrariado por obstáculos invencibles.

 

La vista de todo lo que es extraordinariamente hermoso, en la naturaleza y en las artes, nos trae, con la rapidez del rayo, el recuerdo de la persona amada. Y es que, por el meca­nismo de la rama de árbol recamada de diamantes en la mina de Salzburgo, todo lo bello y sublime del mundo forma par­te de la belleza del ser que amamos, y súbitamente esta con­templación imprevista de la dicha nos llena de lágrimas los ojos. Así es como se dan mutuamente la vida el amor a lo bello y el amor.

 

Una de las desventuras de la vida es que el gozo de ver y hablar al ser amado no deja recuerdos definidos. El alma debe de estar demasiado embargada por sus emociones para observar con atención lo que las produce o lo que las acompaña. Ella misma es sensación. Y acaso precisamente porque estos goces no pueden ser gustados por el recuerdo a voluntad, se explica que se renueven con tanta fuerza cuando algún objeto viene a sacarnos del ensueño consagrado a la persona que amamos y recordárnosla más vivamente por alguna nueva relación

 

Es por la costumbre de nutrir su alma de emocionantes sueños, y por su horror a lo vulgar, por lo que un gran artista está tan cerca del amor.



[1] Pues si pudiésemos imaginar en esto alguna felicidad, la cristalización habría trasladado a la mujer amada el privilegio exclusivo de darnos esa felicidad.

 

 

Permalink ~ Comentar | Referencias (0)

Artículos anteriores en Enero del 2007

El Blog

Calendario

     Enero 2007  >>
LMMiJVSD
1 2 3 4 5 6 7
8 9 10 11 12 13 14
15 16 17 18 19 20 21
22 23 24 25 26 27 28
29 30 31     

Categorías

Sindicación

Enlaces

Alojado en
ZoomBlog