16 de Enero, 2007

Libros 1 del 007

Por laura boyer - 16 de Enero, 2007, 5:53, Categoría: General

Una Vida, Maupassant

La Medición del Mundo, Kehlmann

La Importancia de Vivir, Yutang.

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Flaubert

Por laura boyer - 16 de Enero, 2007, 5:34, Categoría: General

 

DEL AMOR

 

 

El amor placer: el que reinaba en París hacia 1760 y se halla en las memorias y novelas de esta época, en Crébillon, Lanzun, Duclos, Marmontel, Chamfort, madame d’Epinay, etcétera, etcétera.

 

En este cuadro, todo, hasta las sombras, debe ser color de rosa, no debe entrar en él, con ningún pretexto, nada desa­gradable so pena de carecer de mundo, de buen tono, de deli­cadeza, etc. Un hombre de alta estirpe conoce de antemano todos los procedimientos que debe emplear y hallar en las di­versas fases de este amor; no habiendo nada en él de pasión y de espontaneidad hay a veces más delicadeza que en el amor verdadero, porque en él interviene siempre mucho la inteligencia; es una fría y preciosa miniatura comparada con un cuadro de los Carracci, y mientras que el amor pasión nos arrastra por encima de todos nuestros intereses, el amor placer  sabe siempre conformarse a ellos. Verdad es que, si a ese pobre amor se le quita la vanidad, queda muy poca cosa; una vez privado de vanidad, es un convaleciente debilitado que puede apenas arrastrarse.

 

Los salones, si muchas veces las intrigas de las gentes del gran mundo las hacen desgraciadas, en cambio conocen placeres siempre inaccesibles para los corazones que sólo palpitan por la vanidad y por el dinero.

 

Algunas mujeres virtuosas y tiernas no tienen apenas idea del placer físico; rara vez se encuentran, por decirlo así, ex­puestas a él, y aun cuando llega el caso, los deliquios del amor pasión hacen casi olvidar los placeres del cuerpo.

 

A los hombres por su propia alma; estas gentes, repito, no pueden sentir el placer físico sino en la medida que va acom­pañado del mayor goce de orgullo posible, es decir, en la me­dida en que ejecutan crueldades sobre la compañera de sus placeres. De ahí los horrores de Justina.. Sólo así encuentran estos hombres el sentimiento de la seguridad.

 

 

CAPÍTULO 2. Del nacimiento del amor ­

 

He aquí lo que pasa en el alma:

 

1º. La admiración.

2º. El admirador se dice: ¡Qué placer darle y recibir besos,  etcétera!

3º. La esperanza.

 

Se estudian las perfecciones; éste es el momento, para el mayor placer físico posible, en que una mujer debiera entre­garse. Hasta en las mujeres más reservadas los ojos se ani­man en el momento de la esperanza; la pasión es tan fuerte, el placer es tan vivo, que se manifiesta en señales visibles.

 

4º. Ha nacido el amor.

 

Amar es sentir placer en ver, tocar, sentir con todos los sen­tidos y lo más cerca posible un objeto amado y que nos ama.

 

5º.- Comienza la primera cristalización.

Nos complacemos en adornar con mil perfecciones a una mujer de cuyo amor estamos seguros; nos detallamos toda nuestra felicidad con infinita complacencia. Esto se reduce a exagerar una propiedad soberbia que acaba de caernos del cielo, que no conocemos y de cuya posesión estamos seguros.

 

Si se deja a la cabeza de un amante trabajar durante veinticuatro horas, resultará lo siguiente:

 

En las minas de sal de Salzburgo, se arroja a las profundi­dades abandonadas de la mina una rama de árbol despojada de sus hojas por el invierno; si se saca al cabo de dos o tres meses, está cubierta de cristales brillantes; las ramillas más diminutas, no más gruesas que la pata de un pajarillo, apare­cen guarnecidas de infinitos diamantes, trémulos y deslum­bradores; imposible reconocer la rama primitiva.

 

     Lo que yo llamo cristalización es la operación del espíritu que en todo suceso y en toda circunstancia descubre nuevas perfecciones del objeto amado.

 

Un viajero habla de los bosques de naranjos de Génova, a orillas del mar, en los días abrasadores del estío; ¡qué dicha gustar este frescor con ella!.

 

Un amigo nuestro se rompe un brazo en una cacería; ¡qué delicia recibir los cuidados de una mujer amada! Estar siem­pre con ella, viendo incesantemente las manifestaciones de su amor, nos haría casi olvidar el sufrimiento; y así partimos del brazo roto de nuestro amigo, para ya no dudar de la angélica bondad de nuestra amada. En una palabra, basta pensar en una perfección para atribuírsela a la mujer amada.

 

Este fenómeno que yo me permito llamar cristalización viene de la naturaleza que nos ordena el placer y nos envía la sangre al cerebro, del sentimiento de que los placeres aumen­tan con las perfecciones del ser amado y de la idea de que éste me pertenece. El salvaje no tiene tiempo de ir más allá del pri­mer paso. Siente el placer, pero la actividad del cerebro se em­plea en seguir al ciervo que huye por el bosque y con cuya car­ne tendrá que reparar sus fuerzas en seguida, so pena de caer bajo el hacha del enemigo.

 

En el otro extremo de la civilización, no dudo que una mu­jer sensible llegara al punto de no hallar el placer físico sino con el hombre a quien ama. Es lo contrario del salvaje.

 

Que se ve obligado a tratar a su hembra como a una bes­tia de carga. Si las hembras de muchos animales son más afortunadas, es porque la subsistencia de los machos está más segura.

 

    Pero dejemos las selvas para volver a París. Un hombre apa­sionado ve en la mujer amada todas las perfecciones; sin em­bargo, la atención puede estar distraída aún, pues el alma se cansa de todo lo uniforme, incluso de la felicidad perfecta.

 

He aquí lo que viene a fijar la atención:

 

 6.° Nace la duda. Después de que diez o doce miradas (o cualquier otra        se­rie de actos que lo mismo pueden durar un momento que varios días) han sugerido primero y después confirmado las esperanzas, el amante, vuelto de su primer asombro y ya acostumbrado a su felicidad, o guiado por la teoría que, siempre basada en los casos más frecuentes, sólo debe ocu­parse de las mujeres fáciles; después, digo, de estos prelimi­nares, el amante pide seguridades más positivas y quiere progresar en su felicidad.

 

 Se le opone la indiferencia, la frialdad o hasta la ira, si se muestra demasiado seguro; en Francia, un matiz de ironía que parece decir: “Se cree más adelantado de lo que está”.

 

Una mujer se conduce así, ya porque despierte de un momen­to de embriaguez y obedezca al pudor, ya simplemente por prudencia y por  coquetería.

 

El amante llega a dudar de la felicidad que se prometía, y se torna severo sobre los motivos de esperanza que había creído ver.

 

  Intenta desquitarse con los otros placeres de la vida, y los encuentra  nulos. Le sobrecoge el temor de una horrible des­gracia, y se concentra en una profunda atención.

 

7º. Segunda cristalización.

 

Entonces comienza la segunda cristalización, y los dia­mantes que ésta produce son confirmaciones de esta idea:

 

 Me ama.

 

La noche siguiente al nacimiento de las dudas, y después de un momento  de sufrimiento atroz, el amante se dice cada cuarto de hora: «Sí, me ama». Y la cristalización se orienta a descubrir nuevos encantos. Después, se apoderan de él la duda y el mirar extraviado y le hacen detenerse sobresaltado. El pecho se olvida de respirar, y el enamorado se dice: «Pero ¿me ama?». En medio de estas alternativas desgarradoras y deliciosas, el pobre amante siente vivamente: Me dará deleites que sólo ella en el mundo puede darme.

 

Precisamente la evidencia de esta verdad, este caminar al borde mismo de un horrendo precipicio mientras se toca con la mano la ventura perfecta, es lo que da tanta superioridad a la segunda cristalización sobre la primera.

 

 El amante deambula sin cesar entre estas tres ideas:

 

 1 ° Mi amada tiene todas las perfecciones.

 

2.° Me ama.

 

3.° ¿Qué hacer para conseguir de ella la mayor prueba de amor posible?

 

El momento más desgarrador del amor joven aún es aquel en que éste se da cuenta de que ha hecho un razonamiento falso y hay que destruir toda una cara de la cristalización.

 

Se empieza a dudar de la cristalización misma.

 

Basta un grado muy pequeño de esperanza para provocar el   nacimiento del amor.

 

Aunque, al cabo de dos o tres días, pueda fallar la esperan­za, no por eso el amor ha dejado de nacer.

 

Con un carácter decidido, temerario, impetuoso, y una imaginación desarrollada por las desdichas de la vida:

 

El grado de esperanza puede ser más pequeño.

 

Puede cesar más pronto, sin matar el amor.

 

Si el amante ha sufrido desventuras, si tiene un carácter sensible y meditativo, si está desengañado de las demás muje­res, si siente una viva admiración por esta de que ahora se tra­ta, ningún placer corriente podrá apartarle de la segunda cristalización. Preferirá soñar en la más incierta posibilidad de agradar algún día a la que ama, antes de recibir de una mu­jer vulgar todo lo que ésta puede conceder.

 

Sería necesario que en esta época -y no más tarde, anótese bien- la mujer a quien ama matara la esperanza de una ma­nera atroz y le colmara de esos desprecios públicos que ya no, permiten volver a ver a las personas.

 

El nacimiento del amor admite plazos mucho más largos entre todas estas épocas.

 

En las personas frías, flemáticas, prudentes, el nacimiento del amor requiere mucha más esperanza, y una esperanza mucho más sostenida. Lo mismo ocurre con las personas ya de cierta edad.

 

Lo que asegura la duración del amor es la segunda cristali­zación, durante la cual se ve a cada instante que se trata de ser amado o de morir. ¿Cómo, después de esta convicción de todos los minutos, convertida ya en hábito por varios meses de amor, poder siquiera concebir el pensamiento de dejar de amar?. Cuanto más fuerte es un carácter, menos propenso a la inconstancia.

 

En los amores inspirados por las mujeres que se rinden demasiado pronto, esta segunda cristalización falta casi por completo.

 

Una vez operadas las cristalizaciones, sobre todo la segunda, que es con mucho la más fuerte, los ojos indiferentes no reconocen ya la rama del árbol.

 

Porque,

 

1º. Está recamada de perfecciones o diamantes que los ojos indiferentes no ven;

 

2º. Esas perfecciones que la adornan no son para ellos. La perfección de ciertos encantos de que le habla un antiguo amigo de su amada, así como cierto matiz de vivacidad percibido en sus ojos son un diamante de la cristalización de Del Rosso. Estas ideas surgidas en una velada le hacen soñar toda la noche.

 

Una réplica imprevista que me hace ver más claramente un alma tierna, generosa, ardiente, o, como dice el vulgo, romántica, y que tasa más alto que la dicha de los reyes el pasearse sola con su amante por un bosque apartado me hace soñar también toda la noche.

 

Él dirá que mi amada es una mojigata; yo diré que la suya es una moza de partido.

 

En un alma perfectamente indiferente, una joven habitante de un castillo aislado en lo más remoto del campo, la más peque­ña sorpresa puede determinar una ligera admiración, y si lue­go sobreviene la más leve esperanza, da lugar al amor y a la cristalización.

 

En este caso, el amor empieza por resultar agradable como entretenimiento.

 

La admiración y la esperanza son poderosamente secun­dadas por la necesidad de amor y la melancolía que se siente a los dieciséis años. Es bastante sabido que la inquietud de esta edad se debe a una sed de amar y es propio de la sed no ser demasiado exigente sobre la naturaleza del brebaje que el azar nos presenta.

 

Recapitulemos las siete épocas del amor, que son:

 

1º. La admiración.

2º. ¡Qué delicia!, etc.

3º. La esperanza.

4º. Ha nacido el amor.

5º. Primera cristalización.

6º. Surge la duda.

7º. Segunda cristalización.

 

Entre el número 1 y el 2 puede transcurrir un año.

 

Un mes entre el número 2 y el 3; si la esperanza no se apre­sura a presentarse, se renuncia insensiblemente al número 2, como origen de sufrimiento.

 

Entre el número 3 y el 4, sólo un abrir y cerrar de ojos.

 

Ningún intervalo entre el 4 y el 5. Sólo la intimidad podría separarlos.

 

 Entre los números 5 y 6 pueden transcurrir algunos días, según el grado de impetuosidad y las costumbres de audacia del carácter;  entre el 6 y el 7 no hay intervalo.

 

No depende de la voluntad del hombre dejar de hacer lo que le produce más deleite que todos los demás actos posibles. El amor es como la fiebre: nace y se extingue sin que la vo­luntad intervenga en absoluto. He aquí una de las principales  diferencias entre el amor placer y el amor pasión, y nadie pue­de alabarse de las bellas cualidades del ser amado, que son como un dichoso azar.

 

En fin, el amor es de todas las edades: véase la pasión de madame Du Deffand por el poco atractivo Horacio Walpole. Acaso todavía se recuerda en París un ejemplo más reciente y, sobre todo, más simpático.

 

Como prueba de las grandes pasiones sólo admito aquellas de sus consecuencias que son ridículas. Por ejemplo, la timi­dez, prueba del amor; no hablo de la mala vergüenza que se siente al salir del colegio.

 

CAPÍTULO 6. La rama de Salzburgo

 

En el amor, la cristalización no cesa nunca. He aquí su historia: mientras no hayamos llegado a entendernos con el ser amado, existe la cristalización de solución imaginaria: solo en nuestra imaginación estamos seguros de que existe tal perfección en la mujer que amamos. Lograda la intimidad, los temores, que renacen continuamente, se calman con soluciones más reales. Resulta, pues, que la felicidad solo en su origen es uniforme. Cada día tiene una flor diferente.

 

Si la mujer amada cede a la pasión que siente, y cae en la enorme falta de matar el temor con la vivacidad del deleite amoroso, la cristalización cesa en un instante, mas cuando  el amor pierde algo de su vivacidad, es decir, algo de sus te­mores, adquiere el encanto de un completo abandono, de una confianza sin límites; un dulce hábito viene a embotar todas las penas de la vida y a dar a los goces otra clase de interés.

 

Si el amante es abandonado, la cristalización vuelve a em­pezar, y cada acto de admiración, el examen de cada momen­to de felicidad que puede darle y en la que ya no piensa acaba en esta reflexión desgarradora: «¡Nunca más volveré a vivir esa felicidad encantadora, y la he perdido por mi culpa!». Si busca satisfacción en sensaciones de otro género, su corazón se niega a sentirlas. La imaginación le pinta bien la posición física, le monta en un caballo rápido, le lleva de caza a los bos­ques del Devonshire[1]; pero ve, siente con toda evidencia que no hallará en esto ningún placer. Y aquí está el error óp­tico que conduce al pistoletazo.

 

El juego tiene también su cristalización provocada por el empleo del dinero que el amante va a ganar.

 

Los juegos de la corte, tan añorados por los nobles bajo el nombre de legitimidad, estaban tan arraigados precisamente por la cristalización que provocaban. No había cortesano que no soñara en la rápida fortuna de un Luynes o de un Lauzun, ni- mujer atractiva que no viese en perspectiva el ducado de madame de Polignac. Ningún gobierno razonable puede vol­ver a dar esta cristalización. Nada tan contrario a la imagina­ción como el gobierno de los Estados Unidos de América. Hemos visto que sus vecinos los salvajes no conocen casi la cristalización. Los romanos no tenían apenas idea de ella y sólo la encontraban en el amor físico.

 

También el odio tiene su cristalización; en cuanto asoma una posibilidad de vengarse, se comienza de nuevo a odiar.

 

El hecho de que toda creencia en la que hay algo absurdo o no demostrado tienda siempre a poner a la cabeza del partido a las personas más absurdas, es también uno de los efectos de la cristalización. Hay cristalización hasta en las matemáticas (véanse los newtonianos en 1740), en las cabezas que no siempre pueden representarse todas las partes de la demos­tración de lo que creen.

 

Véase como prueba el destino de los grandes filósofos ale­manes cuya inmortalidad, tantas veces proclamada, no pue­de nunca rebasar los treinta o cuarenta años.

 

Y el hombre más mesurado es fanático en música precisa­mente porque no puede explicarse el porqué de sus senti­mientos.

 

No podemos probarnos a voluntad que tenemos razón  contra tal o cual contradictor.

 

 

CAPÍTULO 7. De las diferencias entre el nacimiento del amor en uno y en otro sexo

 

Las mujeres se apegan al hombre por los favores que le conce­den. Como las diecinueve vigésimas partes de sus sueños ha­bituales se refieren al amor, después de la intimidad estos sue­ños se agrupan en torno a un solo objeto; aplícanse a justifi­car un paso tan extraordinario, tan decisivo, tan contrario a todos los hábitos del pudor. Este trabajo no existe en el hom­bre. Luego, la imaginación de las mujeres se recrea en detallar tan deliciosos instantes.

 

Como el amor hace dudar de las cosas más demostradas, la mujer, que, antes de la intimidad, estaba tan segura de que su amante es un hombre por encima de lo vulgar, en cuanto cree que ya no le queda nada que negarle se echa a temblar de que haya buscado una mujer más que añadir a su lista.

 

Sólo entonces aparece la segunda cristalización, que, acompañada por el miedo, es con mucho la más fuerte.

 

Una mujer cree haberse convertido de reina en esclava. Este estado de alma y de espíritu es favorecido por la em­briaguez nerviosa que producen unos goces tanto más sen­sibles cuanto más raros. En fin, una mujer, con su bastidor de bordar, trabajo insípido y que sólo ocupa las manos, piensa en su amante, mientras que éste, galopando en la lla­nura con su escuadrón, es arrestado si ordena un falso mo­vimiento.

 

Yo me inclino a creer que la segunda cristalización es mu­cho más, fuerte en las mujeres porque el temor es más vivo: en ellas están comprometidos la vanidad, el honor, y en todo caso las distracciones son más difíciles.

 

Una mujer no puede guiarse por el hábito de ser razonable, ese hábito que yo, hombre, contraigo forzosamente en mi ofi­cina, trabajando seis horas diarias en cosas frías y razonables. Hasta fuera del amor, propenden a entregarse a la imagina­ción y generalmente exaltadas; por eso la desaparición de los defectos del ser amado tiene que ser en ella más rápida.

 

Las mujeres prefieren las emociones a la razón; la causa es muy sencilla: como, en virtud de nuestras estúpidas costum­bres, no desempeñan ninguna misión importante en la fami­lia, no tienen que emplear nunca la razón, y no encuentran ocasión de experimentar su utilidad.

 

Al contrario, siempre los resulta incómoda, pues sólo se les presenta para reprocharles el haber sentido placer ayer o para t ordenarles que no lo sientan mañana.

 

Encomiende un hombre a su mujer los negocios con los arrendatarios de dos de sus tierras, y apuesto que las cuentas irán mejor que con él, y entonces, triste déspota, tendrá al menos el derecho de quejarse, ya que no posee el talento de hacerse amar. En cuanto las mujeres se lanzan a razonamien­tos generales, practican el amor sin darse cuenta. En las cosas de detalle presumen de ser más severas y más exactas que los hombres. La mitad del pequeño comercio está en manos de mujeres, que lo desempeñan mejor que sus maridos.

 

Epicuro decía que a la pasión del placer le es necesario el discernimiento.

 

En operaciones tan engañosas para el anhelo de felicidad, la cabeza se extravía.

 

Desde el momento en que ama, el hombre más sensato m ve ya nada tal como es. Exagera en menos sus propias cualidades y en más los favores del objeto amado. Los temores y las esperanzas  adquieren al instante algo de romancesco (de ­way-ward). No atribuye nada al azar; pierde el sentido de la proba­bilidad; una cosa imaginada es una cosa existente por el efec­to sobre su felicidad.

 

Una terrible señal de que la cabeza se extravía es que é amante, al pensar en algún pequeño hecho difícil de observar lo ve blanco y lo interpreta a favor de su amor; al cabo de un instante, se da cuenta de que realmente es negro, y sigue pare­ciéndole una prueba a favor de su amor.

 

Entonces es cuando un alma presa de mortales incerti­dumbres siente vivamente la necesidad de un amigo, mas, para un amante, ya no hay amigos. Esto lo sabían en la corte Aquí está la causa de la única clase de indiscreción que una mujer delicada puede perdonar.

 

Obsérvese que las contrariedades favorecen el nacimiento del amor en los caracteres ligeros o insensibles, y que una vez nacido, si las adversidades son anteriores, lo favorecen en el sentido de que la imaginación, apartada de las demás circunstancias de la vida, que sólo ofrecen imágenes tristes, se consagra por entero a la cristalización.

 

Voy a hablar de un efecto que me será discutido, y que sólo presento a los hombres que han tenido la desgracia de amar con pasión durante largos años, y con un amor contrariado por obstáculos invencibles.

 

La vista de todo lo que es extraordinariamente hermoso, en la naturaleza y en las artes, nos trae, con la rapidez del rayo, el recuerdo de la persona amada. Y es que, por el meca­nismo de la rama de árbol recamada de diamantes en la mina de Salzburgo, todo lo bello y sublime del mundo forma par­te de la belleza del ser que amamos, y súbitamente esta con­templación imprevista de la dicha nos llena de lágrimas los ojos. Así es como se dan mutuamente la vida el amor a lo bello y el amor.

 

Una de las desventuras de la vida es que el gozo de ver y hablar al ser amado no deja recuerdos definidos. El alma debe de estar demasiado embargada por sus emociones para observar con atención lo que las produce o lo que las acompaña. Ella misma es sensación. Y acaso precisamente porque estos goces no pueden ser gustados por el recuerdo a voluntad, se explica que se renueven con tanta fuerza cuando algún objeto viene a sacarnos del ensueño consagrado a la persona que amamos y recordárnosla más vivamente por alguna nueva relación

 

Es por la costumbre de nutrir su alma de emocionantes sueños, y por su horror a lo vulgar, por lo que un gran artista está tan cerca del amor.



[1] Pues si pudiésemos imaginar en esto alguna felicidad, la cristalización habría trasladado a la mujer amada el privilegio exclusivo de darnos esa felicidad.

 

 

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Russell

Por laura boyer - 16 de Enero, 2007, 5:04, Categoría: General

LA CONQUISTA DE LA FELICIDAD

 

 

            Creo que esta infelicidad se debe en muy gran medida a conceptos del mundo erróneos, a éticas erróneas, a hábitos de vida erróneos, que conducen a la destrucción de ese entusiasmo natural, ese apetito de cosas posibles del que depende toda felicidad, tanto la de las personas como la de los animales. Se trata de cuestiones que están dentro de las posibilidades del individuo, y me propongo sugerir ciertos cambios mediante los cuales, con un grado normal de buena suerte, se puede alcanzar esta felicidad.

 

Puede que la mejor introducción a la filosofía por laque quiero abogar sean unas pocas palabras autobiográficas. Yo no nací feliz. Ahora, por el contrario, disfruto de la vida; casi podría decir que cada año que pasa la disfruto más. En parte, esto se debe a que he descubierto cuáles eran las cosas que más deseaba y, poco a poco, he ido adquiriendo muchas de sus cosas. En parte se debe a que he logrado prescindir de ciertos objetos de deseo –como la adquisición de conocimientos indudables sobre esto o lo otro- que son absolutamente inalcanzables. Pero principalmente se debe a que me preocupo menos por mí mismo. Como otros que han tenido una educación puritana, yo tenía la costumbre de meditar sobre mis picados, mis fallos y mis defectos. Me consideraba a mí mismo –y seguro que con razón- un ser miserable. Poco a poco aprendí a ser diferente a mí mismo y a mis deficiencias; aprendí a centrar la atención, cada vez más, en objetos externos; el estado del mundo, diversas ramas del conocimiento, individuos por los que sentía afecto. Pero los dolores de este tipo no destruyen la cualidad esencial de la vida, como hacen los que nacen del disgusto por uno mismo. Y todo interés externo inspira alguna actividad que, mientras el interés se mantenga vivo, es un preventivo completo del ennui. En cambio, el interés por uno mismo no conduce a ninguna actividad de tipo progresivo. La felicidad que él atribuye a la religión podría haberla conseguido haciéndose barrendero, siempre que se viera obligado a serlo para toda la vida. La disciplina externa es el único camino a la felicidad para aquellos desdichados cuya absorción en sí mismos es tan profunda que no se puede curar de ningún otro modo.

 

Para estas víctimas de la “virtud” maternal, el primer paso hacia la felicidad consiste en liberarse de la tiranía de las creencias y amores de la infancia.

 

El narcisismo es, en cierto modo, lo contrario del sentimiento habitual de culpa; consiste en el hábito de admirarse uno mismo y desear ser admirado. Hasta cierto punto, por supuesto, es una cosa normal y no tiene nada de malo. Solo en exceso se convierte en un grave mal. En muchas mujeres, sobre todo mujeres ricas de la alta sociedad, la capacidad de sentir amor está completamente atrofiada, y ha sido sustituida por un fortísimo deseo  de que todos los hombres las amen. Cuando una mujer de este tipo está segura de que un hombre la ama, deja de interesarse por él. Lo mismo ocurre, aunque con menos frecuencia, con los hombres; el ejemplo clásico es el protagonista de Las amistades peligrosas. Cuando la vanidad se lleva a estas alturas, no se siente auténtico interés por  ninguna otra persona y, por tanto, el amor no puede ofrecer ninguna satisfacción verdadera. Otros intereses fracasan de manera áún más desastrosa. Un narcisista, por ejemplo, inspirado por los elogios dedicados a los grandes pintores, puede estudiar bellas artes; pero como para él pintar no es más que un medio para alcanzar un fin, la técnica nunca le llega a interesar y es incapaz de ver ningún tema si no es en relación con su propia persona. El resultado es el fracaso y la decepción, el ridículo en lugar de la esperada adulación. Lo mismo se aplica a esas novelistas en cuyas novelas siempre aparecen ellas mismas idealizadas como heroínas. Todo éxito verdadero en el trabajo depende del interés auténtico por el material relacionado con el trabajo. La tragedia de muchos políticos de éxito es que el narcisismo  va sustituyendo poco a poco al interés por la comunidad y las medidas que defendía. El hombre que solo está interesado en sí mismo no es admirable, y no se siente admirado. En consecuencia, el hombre cuyo único interés en el mundo es que el mundo le admire tiene pocas posibilidades de alcanzar su objetivo. Pero aún si lo consigue, no será completamente feliz, porque el instinto humano nunca estatalmente egocéntrico, y el narcisista se está limitando artificialmente tanto como el hombre dominado por el sentimiento de pecado. El hombre primitivo podía estar  orgulloso de ser un buen cazador, pero también disfrutaba con la actividad de la caza. La vanidad, cuando sobrepasa cierto punto, mata el placer que ofrece toda actividad por sí misma, y conduce inevitablemente a la indiferencia y el hastío. A menudo, la causa es la timidez , y la cura es el desarrollo de la propia dignidad. Pero esto solo se puede   conseguir mediante una actividad llevada con éxito e inspirada por intereses objetivos.

 

No existe ninguna satisfacción definitiva en el cultivo de un único elemento de la naturaleza humana a expensas de todos los demás, ni en considerar el mundo entero como pura materia prima para la magnificencia del propio ego. Por lo general, el megalómano, tanto si está loco como si pasa por cuerdo, es el resultado de alguna humillación excesiva.

 

Está  claro que las causas psicológicas de la infelicidad son muchas y variadas. Pero todas tienen algo en común. La típica persona infeliz es aquella que, habiéndose visto privada de joven de alguna satisfacción normal, ha llegado a valorar este único tipo de satisfacción más que cualquier otro, y por tanto ha encauzado su vida en una única dirección, dando excesiva importancia a los logros y ninguna a las actividades relacionadas con ellos. Un hombre puede sentirse tan completamente frustrado que no busca ningún tipo de satisfacción, solo distracción y olvido. Se convierte entonces en un devoto del “placer”. Es decir, pretende hacer soportable la vida volviéndose menos vivo; la felicidad que aporta es puramente negativa, un cese momentáneo de la infelicidad. El narcisista y el megalómano creen que la felicidad es posible, aunque pueden adoptar medios erróneos para conseguirla; pero el hombre que busca la intoxicación, en la forma que sea, ha renunciado a toda esperanza, exceptuando la del olvido. En este caso, lo primero que hay que hacer es convencerle de que la felicidad es deseable. Las personas que son desdichadas, como las que duermen mal, siempre se enorgullecen de ello. Puede que su orgullo sea como el del zorro que perdió la cola; en tal caso, la manera de curarlas es enseñarles la manera de hacer crecer una nueva cola. Por tanto, doy por supuesto que el lector preferiría ser feliz a ser desgraciado. No sé si podré ayudarle a hacer realidad su deseo; pero desde luego, por intentarlo no se pierde nada.

 

Los que sostienen esta opinión son verdaderamente desgraciados, pero están orgullosos de su desdicha, que atribuyen a la naturaleza misma del universo, y consideran que es la única actitud racional para una persona ilustrada. Se sienten tan orgullosos de su infelicidad que las personas menos sofisticadas no se acaban de creer que sea auténtica. Existe alguna pequeña compensación en la sensación de superioridad y perspicacia que experimentan estos sufridores, pero esto no es suficiente para compensar la pérdida de placeres más sencillos. Personalmente, no creo que el hecho de ser infeliz indique ninguna superioridad mental. El sabio será todo lo feliz que permitan las circunstancias y si la contemplación del universo le resulta insoportablemente dolorosa, contemplará otra cosa en su lugar. Pretendo convencer al lector de que, por mucho que se diga, la razón no representa ningún obstáculo a la felicidad ;  es más, estoy convencido de que los que, con toda sinceridad, atribuyen sus penas a su visión del universo están poniendo el carro delante de los caballos; la verdad es que son infelices por alguna razón de la que no son conscientes, y esta infelicidad les lleva a recrearse en las características menos agradables del mundo en que viven.

 

Si tu hijo está enfermo, puedes sentirte desdichado, pero no piensas que todo es vanidad; sientes que devolver la salud a tu hijo es una cuestión que hay que atender, independientemente de los argumentos sobre si la vida humana tiene algún valor o no. Satisfacer sin esfuerzo todos sus caprichos, la mera ausencia de esfuerzo le quita a su vida un ingrediente imprescindible de la felicidad. El hombre que adquiere con facilidad cosas por las que solo siente un deseo moderado llega a la conclusión de que la satisfacción de los deseos no da la felicidad. Si tiene inclinaciones filosóficas, llega a la conclusión de que la vida humana es intrínsecamente miserable, ya que el que tiene todo lo que desea sigue siendo infeliz.

 

                                   Gracias a Dios, la más ruin de sus criaturas

                                   puede jactarse de tener dos facetas en su alma;

                                   una con la que se enfrenta al mundo

                                   y otra que mostrar a una mujer cuando la ama.

   

No he dejado de creer en el amor ni mucho menos, pero la clase de amor en que creo no es del tipo que admiraban los victorianos; es aventurero y siempre alerta, y aunque es consciente de lo bueno, eso no significa que ignore lo malo, ni pretende ser sagrado o santo.

 

En la actualidad, atravesamos un período algo confuso, en el que mucha gente ha prescindido de los antiguos criterios sin adoptar otros nuevos. Esto les ha ocasionado diversos problemas, y como su  subconsciente, en general, sigue crecen en los viejos criterios, los problemas, cuando surgen, provocan desesperación, remordimiento y cinismo. Las razones que empujan al cinismo a ciertas personas tienen que ver con el predominio de los viejos ideales sobre el subconsciente y con la ausencia de una ética racional que permita a la gente de nuestros días regular su conducta. El remedio no está en lamentarse y sentir nostalgia del pasado, sino en aceptar valerosamente el concepto moderno y decidirse a arrancar de raíz, en todos sus oscuros escondites, las supersticiones oficialmente descartadas.

 

Los corrillos literarios no tienen contacto vital con la vida de la comunidad, y dicho contacto es necesario para que los sentimientos humanos tengan la seriedad y la profundidad que caracterizan tanto a la tragedia como a la auténtica felicidad. Creo que, al cabo de unos años de vivir así, el intelectual encontrará que, a pesar de sus esfuerzos, ya no puede contener el afán de escribir, y cuando llegue ese momento, lo que escriba ya no le parecerá tan fútil.

 

Lo dirá con toda sinceridad; está convencido de ello. En cierto sentido, es verdad; pero en otro, y se trata de un sentido muy importante, es rotundamente falso. La lucha por la vida, desde luego, es algo que ocurre. Pregúntenle qué les ocurrió a sus amigos que se arruinaron. Todo el mundo sabe que un hombre de negocios arruinado vive mejor, en lo referente a comodidades materiales, que un hombre que nunca ha sido bastante rico  como para tener ocasión de arruinarse. Así pues, cuando la gente habla de lucha por la vida, en realidad quieren decir lucha por el éxito. Lo que la gente teme cuando se enzarza en la lucha no es no poder conseguirse un desayuno a la mañana siguiente, sino no logra eclipsar a sus vecinos.

 

Es muy curioso que tan pocas personas parezcan darse cuenta de que no están atrapadas en las garras de un mecanismo del que no hay escapatoria, sino que se trata de una noria en la que permanecen simplemente porque no se han percatado de que no les va a llevar a un nivel superior. Estoy pensando, por supuesto, en hombres que andan por los altos caminos del poder, hombres que ya disponen de buenos ingresos y que, si quisieran, podrían vivir con lo que tienen. Hacer eso les parecería vergonzoso, como desertar del ejército a la vista del enemigo, pero si les preguntas a qué causa pública están sirviendo con su trabajo no sabrán qué responder, excepto repitiendo todas las perogrulladas típicas de los anuncios sobre la dureza de la vida.

 

Consideremos la vida de uno de estos hombres. Podemos suponer que tiene una casa encantadora, una esposa encantadora y unos hijos encantadores. Se levanta por la mañana temprano, cuando ellos aún duermen, y sale a toda prisa hacia su despacho. Allí, su deber es desplegar las cualidades de un gran ejecutivo; cultiva una mandíbula firme, un modo de hablar decidido y un aire de sagaz reserva calculado para impresionar a todo el mundo excepto al botones. Dicta cartas, conversa por teléfono con varias personas importantes, estudia el mercado y, llega la hora, sale a comer  con alguna persona con la que está haciendo o espera hacer un trato. Este mismo tipo de cosas se prolonga durante toda la tarde. Llega a casa cansado, con el tiempo justo para vestirse para la cena. En la cena, él y otros varios hombres cansados tienen que fingir que disfrutan con la compañía de las señoras que aún no han tenido ocasión de cansarse. Es imposible predecir cuántas horas tardará el pobre hombre con poder escapar. Por fin , se va a dormir y durante unas pocas horas la tensión se relaja.

 

La vida laboral de este hombre tiene la psicología de una carrera de cien metros, pero como la carrera en que participa tiene como única meta la tumba, la concentración, que sería adecuada para una carrera de cien metros, llega a ser algo excesivo. ¿Qué sabe este hombre de sus hijos?. Los días laborables está en su despacho; los domingos está en el campo de golf. ¿Qué sabe de su mujer?. Cuando la deja por la mañana, ella está dormida. Durante toda la velada, él y ella están comprometidos en actos sociales que impiden la conversación íntima. Probablemente, el hombre no tiene amigos que le importen de verdad, aunque hay muchas personas con las que finge una cordialidad que le gustaría sentir. De la primavera y la cosecha solo sabe lo que afecta al mercado; probablemente, ha visto países extranjeros, pero con ojos de total aburrimiento. Los libros le parecen una tontería, y la música cosa de intelectuales. Año tras año, se va encontrando cada vez más solo; su atención se concentra cada vez más y su vida, aparte de los negocios, es cada vez más estéril. He visto algún estadounidense de este tipo, ya de edad madura, en Europa, con su esposa y sus hijas. Al final, sus mujeres dan el caso por perido y llegan a la conclusión de que todos los varones son unos patanes. Nunca se les ocurre pensar que el hombre es una víctima de la codicia de ellas.

 

La religión y la gloria del hombre de negocios exigen que gane mucho dinero; por tanto, igual que la viuda hindú, sufre de buena gana el tormento. Para ser feliz, el hombre de negocios estadounidense tiene antes que cambiar de religión. Mientras no solo desee el éxito, sino que esté sinceramente convencido de que el deber de un hombre es perseguir el éxito y que el hombre que no lo hace es un pobre diablo, su vida estará demasiado concentrada y tendrá demasiada ansiedad para ser feliz. La consecuencia es que ser pierde  dinero con tiempo libre y seguridad. Pero lo que quiere obtener el típico hombre moderno es más dinero, con vistas a la ostentación, el esplendor y el eclipsamiento de los que hasta ahora han sido sus iguales. Las emociones esnobistas son más inestables que en los países donde el orden social es fijo; y aunque puede que el dinero no baste por sí mismo para engrandecer a la gente, es difícil ser grande sin dinero. Además, a los cerebros se les mide por el dinero que ganan.

 

Creo que habría que admitir que en las angustias de un hombre de negocios interviene con frecuencia un elemento de miedo auténtico, aunque irracional, a las consecuencias de la ruina.

 

La raíz del problema está en la excesiva importancia que se da al éxito competitivo como principal fuente de felicidad. No niego que la sensación de éxito hace más fácil disfrutar de la vida. Tampoco  niego que el dinero, hasta cierto punto, es muy capaz de aumentar la felicidad; pero más allá de ese punto, no creo que lo haga. Lo que sostengo es que el éxito únicamente puede ser un ingrediente de la felicidad, y saldrá muy caro si para obtenerlo se sacrifican todos los demás ingredientes.

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Trabajo y Jubilación

Por laura boyer - 16 de Enero, 2007, 5:04, Categoría: General

CAUSAS DE LA FELICIDAD

 

TRABAJO

 

 

Bibliografía, Elogio de la Ociosidad, Bertrand Russell, Edi. Edhasa

 

 

         Hace unos años, como parte de mi trabajo de Directora Éconómica y Fiscal en El Instituto de la Empresa Familiar, me ví obligada a reflexionar sobre múltiples problemas que afectan a los ciudadanos. Dos de los que más me preocuparon fueron la inmigración y la jubilación.

 

         De la inmigración  sólo voy a tratar por encima en este libro.  Dado que plantea problemas culturales y de adaptación entre otros, España debería tener un control mucho mayor, pero no sólo en las fronteras, considerando qué cantidad de inmigración necesitamos y con qué cualificación, sino también una vez que los inmigrantes están dentro del país para intentar que se integren en la sociedad española como miembros más y no en guetos dónde se desconocen la cultura, las leyes y las costumbres del país de adopción. Después de años de combatir el analfabetismo en España y de hacer un enorme esfuerzo económico para conseguir una educación pública para todo el mundo, asumiendo que la educación era un activo, nos encontramos ahora con miles de habitantes que están empadronados pero que no hablan nuestro idioma ni han recibido en sus países de origen la educación elemental.

 

Estados Unidos ha estudiado y tratado de pormenorizar estos problemas desde hace años, utilizando cupos según las necesidades de trabajo exógeno por sector y capacitación profesional y estableciendo escuelas para inmigrantes dónde estudian inglés y historia, geografía, arte, formación profesional, mecanografía, etc..

 

         Creo que todo esfuerzo en este sentido es poco, tanto para mantener el nivel de productividad del trabajo y de calidad de los productos y servicios, como para que los trabajadores extranjeros lo sean de pleno derecho, con la misma capacidad, los mismos derechos y los mismos deberes que los españoles, puedan cotizar a la seguridad social y pagar impuestos contribuyendo así a los Organismos y las infraestructuras del Estado de Derecho.

 

 

 

 

Si hablamos de la jubilación el problema asoma desde hace muchos años sin que se haya dado solución. Voy a plantear una que puede parecer revolucionaria pero que estimo posible de contar con la aprobación y cooperación de empresarios, sindicatos, trabajadores y Estado.

 

Para empezar diré que el problema de la jubilación presenta múltiples aspectos:

 

El primero es de tipo económico: El envejecimiento de la población junto con una esperanza de vida más larga y el crecimiento del desempleo traen como consecuencia más pensionistas que personas que cotizan a la seguridad social, con el consiguiente déficit de ésta.

En definitiva, como cada vez las personas viven más tiempo, los españoles, y el resto de los europeos tenemos menos hijos, y la necesidad de empleo es cada vez menor (debido a la mecanización y a otros factores como las fusiones de empresas o el mismo proceso de la Unión Europea y la moneda única), la Seguridad Social no va a poder atender el pago de las pensiones de los futuros jubilados.

Esto supone que los trabajadores necesitamos ahorrar para la jubilación porque el Estado no va a poder pagarnos una pensión. Sin  embargo esto es imposible, en España en este momento el ahorro es negativo, es decir, el conjunto de los españoles no sólo no disponemos de dinero ahorrado sino que estamos ya endeudados. Y eso a pesar de tener uno de los índices de natalidad más bajos del mundo.

 

El segundo problema que presenta es de tipo social. Una esperanza de vida cada vez más larga y un menor nivel de empleo supone paro juvenil. El trabajador que llega a la edad de jubilación no quiere dejar de trabajar por temor al aburrimiento, a la depresión y a un menores ingresos para sufragar gastos cada vez más altos. La vejez resulta cara, individual y socialmente. Por eso los trabajadores se resisten a la prejubilación, sabiendo que les quedan decenas de años por vivir y no dejan espacio para los jóvenes.

 

El dilema trabajo-jubilación presenta un problema doble: Por un lado el trabajador que llega a viejo trabajando todos los días la jornada laboral de ocho horas y el ritmo de trabajo cada vez más rápido se le hacen insoportables y si es oficinista, enferma de stress y sedentarismo, dos de las causas que más incidencia tienen en las cardiopatías. De hecho, estos supuestos laborales son incompatibles con una edad del trabajador superior a cincuenta años, si sumamos el agotamiento que supone combinar la vida laboral con la familiar y la social y atender los menesteres de la vida cotidiana en el mundo moderno como arreglar el coche, alquilar un piso, comprar, cocinar, las actividades de ocio y deporte, la atención a los niños, rellenar formularios como declaraciones de hacienda, pólizas de seguros, contratar hipotecas y un sinfín de cosas más.

 

No es extraño que en casos extremos como los que se dan en algunos trabajos y ciudades de EEUU, los trabajadores prescindan de toda vida familiar y social fuera del ámbito laboral.

 

 

En este momento tenemos una oportunidad sin precedentes de terminar con este patrón: la aparición y difusión del uso de Internet y de la telefonía móvil.

 

Sí, realmente creo que la era de las comunicaciones puede y debe  trascender la era industrial y acabar con esquemas propios del pasado.

No sólo puede combatir los males del envejecimiento de la población, sino también mejorar la salud, la calidad de vida y la felicidad de los trabajadores sin perjuicio a la economía de consumo, ni por tanto al empresariado.

 

Lo ideal para la felicidad del trabajador y para el progreso de la economía es alargar la edad útil del trabajador y disminuir el número de horas trabajadas, pero no indiscriminadamente.

 

Así, una persona podría trabajar un estandar de 50 horas semanales sin contar las horas extraordinarias durante sus primeros 5 años de trabajo, 45 durantes los siguientes cinco, luego 40, 35, 30, 25, 20, 15, 10, 5,3,1 pasando por un seis meses de trainnee de 15 horas semanales.

De está forma trabajaría durante cincuenta años. Suponiendo que una persona empiece a trabajar a los veinticuatro años y que durante los siguientes cincuenta años tenga un periodo de paro de un año, terminaría su carrera laboral a los setenta y cinco con una alta calidad de vida y más tiempo para el ocio y el consumo.

Las prorrogas a la jubilación serían concedidas según los decesos y el número de jóvenes en edad de trabajar que hubiese cada año. Las costas sociales no tendrían por que ser mayores.

El trabajador mayor estaría en contacto vía teléfono y mail durante ocho horas al día aproximadamente para poder ayudar a los jóvenes o trabajadores de reciente incorporación a la empresa. A medida que estos fueran menos inexpertos y el trabajador mayor más viejo reduciría el número de horas hasta un mínimo de cinco a los setenta y cinco años.

 

 

 

 

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