Flaubert

Por laura boyer - 16 de Enero, 2007, 5:34, Categoría: General

 

DEL AMOR

 

 

El amor placer: el que reinaba en París hacia 1760 y se halla en las memorias y novelas de esta época, en Crébillon, Lanzun, Duclos, Marmontel, Chamfort, madame d’Epinay, etcétera, etcétera.

 

En este cuadro, todo, hasta las sombras, debe ser color de rosa, no debe entrar en él, con ningún pretexto, nada desa­gradable so pena de carecer de mundo, de buen tono, de deli­cadeza, etc. Un hombre de alta estirpe conoce de antemano todos los procedimientos que debe emplear y hallar en las di­versas fases de este amor; no habiendo nada en él de pasión y de espontaneidad hay a veces más delicadeza que en el amor verdadero, porque en él interviene siempre mucho la inteligencia; es una fría y preciosa miniatura comparada con un cuadro de los Carracci, y mientras que el amor pasión nos arrastra por encima de todos nuestros intereses, el amor placer  sabe siempre conformarse a ellos. Verdad es que, si a ese pobre amor se le quita la vanidad, queda muy poca cosa; una vez privado de vanidad, es un convaleciente debilitado que puede apenas arrastrarse.

 

Los salones, si muchas veces las intrigas de las gentes del gran mundo las hacen desgraciadas, en cambio conocen placeres siempre inaccesibles para los corazones que sólo palpitan por la vanidad y por el dinero.

 

Algunas mujeres virtuosas y tiernas no tienen apenas idea del placer físico; rara vez se encuentran, por decirlo así, ex­puestas a él, y aun cuando llega el caso, los deliquios del amor pasión hacen casi olvidar los placeres del cuerpo.

 

A los hombres por su propia alma; estas gentes, repito, no pueden sentir el placer físico sino en la medida que va acom­pañado del mayor goce de orgullo posible, es decir, en la me­dida en que ejecutan crueldades sobre la compañera de sus placeres. De ahí los horrores de Justina.. Sólo así encuentran estos hombres el sentimiento de la seguridad.

 

 

CAPÍTULO 2. Del nacimiento del amor ­

 

He aquí lo que pasa en el alma:

 

1º. La admiración.

2º. El admirador se dice: ¡Qué placer darle y recibir besos,  etcétera!

3º. La esperanza.

 

Se estudian las perfecciones; éste es el momento, para el mayor placer físico posible, en que una mujer debiera entre­garse. Hasta en las mujeres más reservadas los ojos se ani­man en el momento de la esperanza; la pasión es tan fuerte, el placer es tan vivo, que se manifiesta en señales visibles.

 

4º. Ha nacido el amor.

 

Amar es sentir placer en ver, tocar, sentir con todos los sen­tidos y lo más cerca posible un objeto amado y que nos ama.

 

5º.- Comienza la primera cristalización.

Nos complacemos en adornar con mil perfecciones a una mujer de cuyo amor estamos seguros; nos detallamos toda nuestra felicidad con infinita complacencia. Esto se reduce a exagerar una propiedad soberbia que acaba de caernos del cielo, que no conocemos y de cuya posesión estamos seguros.

 

Si se deja a la cabeza de un amante trabajar durante veinticuatro horas, resultará lo siguiente:

 

En las minas de sal de Salzburgo, se arroja a las profundi­dades abandonadas de la mina una rama de árbol despojada de sus hojas por el invierno; si se saca al cabo de dos o tres meses, está cubierta de cristales brillantes; las ramillas más diminutas, no más gruesas que la pata de un pajarillo, apare­cen guarnecidas de infinitos diamantes, trémulos y deslum­bradores; imposible reconocer la rama primitiva.

 

     Lo que yo llamo cristalización es la operación del espíritu que en todo suceso y en toda circunstancia descubre nuevas perfecciones del objeto amado.

 

Un viajero habla de los bosques de naranjos de Génova, a orillas del mar, en los días abrasadores del estío; ¡qué dicha gustar este frescor con ella!.

 

Un amigo nuestro se rompe un brazo en una cacería; ¡qué delicia recibir los cuidados de una mujer amada! Estar siem­pre con ella, viendo incesantemente las manifestaciones de su amor, nos haría casi olvidar el sufrimiento; y así partimos del brazo roto de nuestro amigo, para ya no dudar de la angélica bondad de nuestra amada. En una palabra, basta pensar en una perfección para atribuírsela a la mujer amada.

 

Este fenómeno que yo me permito llamar cristalización viene de la naturaleza que nos ordena el placer y nos envía la sangre al cerebro, del sentimiento de que los placeres aumen­tan con las perfecciones del ser amado y de la idea de que éste me pertenece. El salvaje no tiene tiempo de ir más allá del pri­mer paso. Siente el placer, pero la actividad del cerebro se em­plea en seguir al ciervo que huye por el bosque y con cuya car­ne tendrá que reparar sus fuerzas en seguida, so pena de caer bajo el hacha del enemigo.

 

En el otro extremo de la civilización, no dudo que una mu­jer sensible llegara al punto de no hallar el placer físico sino con el hombre a quien ama. Es lo contrario del salvaje.

 

Que se ve obligado a tratar a su hembra como a una bes­tia de carga. Si las hembras de muchos animales son más afortunadas, es porque la subsistencia de los machos está más segura.

 

    Pero dejemos las selvas para volver a París. Un hombre apa­sionado ve en la mujer amada todas las perfecciones; sin em­bargo, la atención puede estar distraída aún, pues el alma se cansa de todo lo uniforme, incluso de la felicidad perfecta.

 

He aquí lo que viene a fijar la atención:

 

 6.° Nace la duda. Después de que diez o doce miradas (o cualquier otra        se­rie de actos que lo mismo pueden durar un momento que varios días) han sugerido primero y después confirmado las esperanzas, el amante, vuelto de su primer asombro y ya acostumbrado a su felicidad, o guiado por la teoría que, siempre basada en los casos más frecuentes, sólo debe ocu­parse de las mujeres fáciles; después, digo, de estos prelimi­nares, el amante pide seguridades más positivas y quiere progresar en su felicidad.

 

 Se le opone la indiferencia, la frialdad o hasta la ira, si se muestra demasiado seguro; en Francia, un matiz de ironía que parece decir: “Se cree más adelantado de lo que está”.

 

Una mujer se conduce así, ya porque despierte de un momen­to de embriaguez y obedezca al pudor, ya simplemente por prudencia y por  coquetería.

 

El amante llega a dudar de la felicidad que se prometía, y se torna severo sobre los motivos de esperanza que había creído ver.

 

  Intenta desquitarse con los otros placeres de la vida, y los encuentra  nulos. Le sobrecoge el temor de una horrible des­gracia, y se concentra en una profunda atención.

 

7º. Segunda cristalización.

 

Entonces comienza la segunda cristalización, y los dia­mantes que ésta produce son confirmaciones de esta idea:

 

 Me ama.

 

La noche siguiente al nacimiento de las dudas, y después de un momento  de sufrimiento atroz, el amante se dice cada cuarto de hora: «Sí, me ama». Y la cristalización se orienta a descubrir nuevos encantos. Después, se apoderan de él la duda y el mirar extraviado y le hacen detenerse sobresaltado. El pecho se olvida de respirar, y el enamorado se dice: «Pero ¿me ama?». En medio de estas alternativas desgarradoras y deliciosas, el pobre amante siente vivamente: Me dará deleites que sólo ella en el mundo puede darme.

 

Precisamente la evidencia de esta verdad, este caminar al borde mismo de un horrendo precipicio mientras se toca con la mano la ventura perfecta, es lo que da tanta superioridad a la segunda cristalización sobre la primera.

 

 El amante deambula sin cesar entre estas tres ideas:

 

 1 ° Mi amada tiene todas las perfecciones.

 

2.° Me ama.

 

3.° ¿Qué hacer para conseguir de ella la mayor prueba de amor posible?

 

El momento más desgarrador del amor joven aún es aquel en que éste se da cuenta de que ha hecho un razonamiento falso y hay que destruir toda una cara de la cristalización.

 

Se empieza a dudar de la cristalización misma.

 

Basta un grado muy pequeño de esperanza para provocar el   nacimiento del amor.

 

Aunque, al cabo de dos o tres días, pueda fallar la esperan­za, no por eso el amor ha dejado de nacer.

 

Con un carácter decidido, temerario, impetuoso, y una imaginación desarrollada por las desdichas de la vida:

 

El grado de esperanza puede ser más pequeño.

 

Puede cesar más pronto, sin matar el amor.

 

Si el amante ha sufrido desventuras, si tiene un carácter sensible y meditativo, si está desengañado de las demás muje­res, si siente una viva admiración por esta de que ahora se tra­ta, ningún placer corriente podrá apartarle de la segunda cristalización. Preferirá soñar en la más incierta posibilidad de agradar algún día a la que ama, antes de recibir de una mu­jer vulgar todo lo que ésta puede conceder.

 

Sería necesario que en esta época -y no más tarde, anótese bien- la mujer a quien ama matara la esperanza de una ma­nera atroz y le colmara de esos desprecios públicos que ya no, permiten volver a ver a las personas.

 

El nacimiento del amor admite plazos mucho más largos entre todas estas épocas.

 

En las personas frías, flemáticas, prudentes, el nacimiento del amor requiere mucha más esperanza, y una esperanza mucho más sostenida. Lo mismo ocurre con las personas ya de cierta edad.

 

Lo que asegura la duración del amor es la segunda cristali­zación, durante la cual se ve a cada instante que se trata de ser amado o de morir. ¿Cómo, después de esta convicción de todos los minutos, convertida ya en hábito por varios meses de amor, poder siquiera concebir el pensamiento de dejar de amar?. Cuanto más fuerte es un carácter, menos propenso a la inconstancia.

 

En los amores inspirados por las mujeres que se rinden demasiado pronto, esta segunda cristalización falta casi por completo.

 

Una vez operadas las cristalizaciones, sobre todo la segunda, que es con mucho la más fuerte, los ojos indiferentes no reconocen ya la rama del árbol.

 

Porque,

 

1º. Está recamada de perfecciones o diamantes que los ojos indiferentes no ven;

 

2º. Esas perfecciones que la adornan no son para ellos. La perfección de ciertos encantos de que le habla un antiguo amigo de su amada, así como cierto matiz de vivacidad percibido en sus ojos son un diamante de la cristalización de Del Rosso. Estas ideas surgidas en una velada le hacen soñar toda la noche.

 

Una réplica imprevista que me hace ver más claramente un alma tierna, generosa, ardiente, o, como dice el vulgo, romántica, y que tasa más alto que la dicha de los reyes el pasearse sola con su amante por un bosque apartado me hace soñar también toda la noche.

 

Él dirá que mi amada es una mojigata; yo diré que la suya es una moza de partido.

 

En un alma perfectamente indiferente, una joven habitante de un castillo aislado en lo más remoto del campo, la más peque­ña sorpresa puede determinar una ligera admiración, y si lue­go sobreviene la más leve esperanza, da lugar al amor y a la cristalización.

 

En este caso, el amor empieza por resultar agradable como entretenimiento.

 

La admiración y la esperanza son poderosamente secun­dadas por la necesidad de amor y la melancolía que se siente a los dieciséis años. Es bastante sabido que la inquietud de esta edad se debe a una sed de amar y es propio de la sed no ser demasiado exigente sobre la naturaleza del brebaje que el azar nos presenta.

 

Recapitulemos las siete épocas del amor, que son:

 

1º. La admiración.

2º. ¡Qué delicia!, etc.

3º. La esperanza.

4º. Ha nacido el amor.

5º. Primera cristalización.

6º. Surge la duda.

7º. Segunda cristalización.

 

Entre el número 1 y el 2 puede transcurrir un año.

 

Un mes entre el número 2 y el 3; si la esperanza no se apre­sura a presentarse, se renuncia insensiblemente al número 2, como origen de sufrimiento.

 

Entre el número 3 y el 4, sólo un abrir y cerrar de ojos.

 

Ningún intervalo entre el 4 y el 5. Sólo la intimidad podría separarlos.

 

 Entre los números 5 y 6 pueden transcurrir algunos días, según el grado de impetuosidad y las costumbres de audacia del carácter;  entre el 6 y el 7 no hay intervalo.

 

No depende de la voluntad del hombre dejar de hacer lo que le produce más deleite que todos los demás actos posibles. El amor es como la fiebre: nace y se extingue sin que la vo­luntad intervenga en absoluto. He aquí una de las principales  diferencias entre el amor placer y el amor pasión, y nadie pue­de alabarse de las bellas cualidades del ser amado, que son como un dichoso azar.

 

En fin, el amor es de todas las edades: véase la pasión de madame Du Deffand por el poco atractivo Horacio Walpole. Acaso todavía se recuerda en París un ejemplo más reciente y, sobre todo, más simpático.

 

Como prueba de las grandes pasiones sólo admito aquellas de sus consecuencias que son ridículas. Por ejemplo, la timi­dez, prueba del amor; no hablo de la mala vergüenza que se siente al salir del colegio.

 

CAPÍTULO 6. La rama de Salzburgo

 

En el amor, la cristalización no cesa nunca. He aquí su historia: mientras no hayamos llegado a entendernos con el ser amado, existe la cristalización de solución imaginaria: solo en nuestra imaginación estamos seguros de que existe tal perfección en la mujer que amamos. Lograda la intimidad, los temores, que renacen continuamente, se calman con soluciones más reales. Resulta, pues, que la felicidad solo en su origen es uniforme. Cada día tiene una flor diferente.

 

Si la mujer amada cede a la pasión que siente, y cae en la enorme falta de matar el temor con la vivacidad del deleite amoroso, la cristalización cesa en un instante, mas cuando  el amor pierde algo de su vivacidad, es decir, algo de sus te­mores, adquiere el encanto de un completo abandono, de una confianza sin límites; un dulce hábito viene a embotar todas las penas de la vida y a dar a los goces otra clase de interés.

 

Si el amante es abandonado, la cristalización vuelve a em­pezar, y cada acto de admiración, el examen de cada momen­to de felicidad que puede darle y en la que ya no piensa acaba en esta reflexión desgarradora: «¡Nunca más volveré a vivir esa felicidad encantadora, y la he perdido por mi culpa!». Si busca satisfacción en sensaciones de otro género, su corazón se niega a sentirlas. La imaginación le pinta bien la posición física, le monta en un caballo rápido, le lleva de caza a los bos­ques del Devonshire[1]; pero ve, siente con toda evidencia que no hallará en esto ningún placer. Y aquí está el error óp­tico que conduce al pistoletazo.

 

El juego tiene también su cristalización provocada por el empleo del dinero que el amante va a ganar.

 

Los juegos de la corte, tan añorados por los nobles bajo el nombre de legitimidad, estaban tan arraigados precisamente por la cristalización que provocaban. No había cortesano que no soñara en la rápida fortuna de un Luynes o de un Lauzun, ni- mujer atractiva que no viese en perspectiva el ducado de madame de Polignac. Ningún gobierno razonable puede vol­ver a dar esta cristalización. Nada tan contrario a la imagina­ción como el gobierno de los Estados Unidos de América. Hemos visto que sus vecinos los salvajes no conocen casi la cristalización. Los romanos no tenían apenas idea de ella y sólo la encontraban en el amor físico.

 

También el odio tiene su cristalización; en cuanto asoma una posibilidad de vengarse, se comienza de nuevo a odiar.

 

El hecho de que toda creencia en la que hay algo absurdo o no demostrado tienda siempre a poner a la cabeza del partido a las personas más absurdas, es también uno de los efectos de la cristalización. Hay cristalización hasta en las matemáticas (véanse los newtonianos en 1740), en las cabezas que no siempre pueden representarse todas las partes de la demos­tración de lo que creen.

 

Véase como prueba el destino de los grandes filósofos ale­manes cuya inmortalidad, tantas veces proclamada, no pue­de nunca rebasar los treinta o cuarenta años.

 

Y el hombre más mesurado es fanático en música precisa­mente porque no puede explicarse el porqué de sus senti­mientos.

 

No podemos probarnos a voluntad que tenemos razón  contra tal o cual contradictor.

 

 

CAPÍTULO 7. De las diferencias entre el nacimiento del amor en uno y en otro sexo

 

Las mujeres se apegan al hombre por los favores que le conce­den. Como las diecinueve vigésimas partes de sus sueños ha­bituales se refieren al amor, después de la intimidad estos sue­ños se agrupan en torno a un solo objeto; aplícanse a justifi­car un paso tan extraordinario, tan decisivo, tan contrario a todos los hábitos del pudor. Este trabajo no existe en el hom­bre. Luego, la imaginación de las mujeres se recrea en detallar tan deliciosos instantes.

 

Como el amor hace dudar de las cosas más demostradas, la mujer, que, antes de la intimidad, estaba tan segura de que su amante es un hombre por encima de lo vulgar, en cuanto cree que ya no le queda nada que negarle se echa a temblar de que haya buscado una mujer más que añadir a su lista.

 

Sólo entonces aparece la segunda cristalización, que, acompañada por el miedo, es con mucho la más fuerte.

 

Una mujer cree haberse convertido de reina en esclava. Este estado de alma y de espíritu es favorecido por la em­briaguez nerviosa que producen unos goces tanto más sen­sibles cuanto más raros. En fin, una mujer, con su bastidor de bordar, trabajo insípido y que sólo ocupa las manos, piensa en su amante, mientras que éste, galopando en la lla­nura con su escuadrón, es arrestado si ordena un falso mo­vimiento.

 

Yo me inclino a creer que la segunda cristalización es mu­cho más, fuerte en las mujeres porque el temor es más vivo: en ellas están comprometidos la vanidad, el honor, y en todo caso las distracciones son más difíciles.

 

Una mujer no puede guiarse por el hábito de ser razonable, ese hábito que yo, hombre, contraigo forzosamente en mi ofi­cina, trabajando seis horas diarias en cosas frías y razonables. Hasta fuera del amor, propenden a entregarse a la imagina­ción y generalmente exaltadas; por eso la desaparición de los defectos del ser amado tiene que ser en ella más rápida.

 

Las mujeres prefieren las emociones a la razón; la causa es muy sencilla: como, en virtud de nuestras estúpidas costum­bres, no desempeñan ninguna misión importante en la fami­lia, no tienen que emplear nunca la razón, y no encuentran ocasión de experimentar su utilidad.

 

Al contrario, siempre los resulta incómoda, pues sólo se les presenta para reprocharles el haber sentido placer ayer o para t ordenarles que no lo sientan mañana.

 

Encomiende un hombre a su mujer los negocios con los arrendatarios de dos de sus tierras, y apuesto que las cuentas irán mejor que con él, y entonces, triste déspota, tendrá al menos el derecho de quejarse, ya que no posee el talento de hacerse amar. En cuanto las mujeres se lanzan a razonamien­tos generales, practican el amor sin darse cuenta. En las cosas de detalle presumen de ser más severas y más exactas que los hombres. La mitad del pequeño comercio está en manos de mujeres, que lo desempeñan mejor que sus maridos.

 

Epicuro decía que a la pasión del placer le es necesario el discernimiento.

 

En operaciones tan engañosas para el anhelo de felicidad, la cabeza se extravía.

 

Desde el momento en que ama, el hombre más sensato m ve ya nada tal como es. Exagera en menos sus propias cualidades y en más los favores del objeto amado. Los temores y las esperanzas  adquieren al instante algo de romancesco (de ­way-ward). No atribuye nada al azar; pierde el sentido de la proba­bilidad; una cosa imaginada es una cosa existente por el efec­to sobre su felicidad.

 

Una terrible señal de que la cabeza se extravía es que é amante, al pensar en algún pequeño hecho difícil de observar lo ve blanco y lo interpreta a favor de su amor; al cabo de un instante, se da cuenta de que realmente es negro, y sigue pare­ciéndole una prueba a favor de su amor.

 

Entonces es cuando un alma presa de mortales incerti­dumbres siente vivamente la necesidad de un amigo, mas, para un amante, ya no hay amigos. Esto lo sabían en la corte Aquí está la causa de la única clase de indiscreción que una mujer delicada puede perdonar.

 

Obsérvese que las contrariedades favorecen el nacimiento del amor en los caracteres ligeros o insensibles, y que una vez nacido, si las adversidades son anteriores, lo favorecen en el sentido de que la imaginación, apartada de las demás circunstancias de la vida, que sólo ofrecen imágenes tristes, se consagra por entero a la cristalización.

 

Voy a hablar de un efecto que me será discutido, y que sólo presento a los hombres que han tenido la desgracia de amar con pasión durante largos años, y con un amor contrariado por obstáculos invencibles.

 

La vista de todo lo que es extraordinariamente hermoso, en la naturaleza y en las artes, nos trae, con la rapidez del rayo, el recuerdo de la persona amada. Y es que, por el meca­nismo de la rama de árbol recamada de diamantes en la mina de Salzburgo, todo lo bello y sublime del mundo forma par­te de la belleza del ser que amamos, y súbitamente esta con­templación imprevista de la dicha nos llena de lágrimas los ojos. Así es como se dan mutuamente la vida el amor a lo bello y el amor.

 

Una de las desventuras de la vida es que el gozo de ver y hablar al ser amado no deja recuerdos definidos. El alma debe de estar demasiado embargada por sus emociones para observar con atención lo que las produce o lo que las acompaña. Ella misma es sensación. Y acaso precisamente porque estos goces no pueden ser gustados por el recuerdo a voluntad, se explica que se renueven con tanta fuerza cuando algún objeto viene a sacarnos del ensueño consagrado a la persona que amamos y recordárnosla más vivamente por alguna nueva relación

 

Es por la costumbre de nutrir su alma de emocionantes sueños, y por su horror a lo vulgar, por lo que un gran artista está tan cerca del amor.



[1] Pues si pudiésemos imaginar en esto alguna felicidad, la cristalización habría trasladado a la mujer amada el privilegio exclusivo de darnos esa felicidad.

 

 

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